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DIMENSIÓN ESPIRITUAL

Decíamos la semana pasada que nuestro espíritu debe trascender, desde la inmediatez de este mundo, hasta el ámbito donde se encuentra el Espíritu de Dios. Suena muy atrevido, pero es la vocación que tiene cada cristiano. Y no se trata de algo optativo, sino obligatorio. Y es que hemos nacido para más. Permítanme explicarlo de la manera más clara posible.

Cuando se analiza la moral, como conjunto de valores, principios, criterios y normas de conducta, tanto individual como colectiva, orientados al bien, a lo bueno, a lo correcto y a lo justo, (o cuando se analiza la ética en tanto que racionalidad moral), no debemos apreciarla, como muchos, como algo negativo, pues ven en ella una pesada carga, un reto muy difícil y hasta un herencia de las generaciones precedentes para hacernos la vida difícil.  Pensar así es pura inmadurez.  La moral y la ética son agendas de perfeccionamiento; en efecto, tenemos la capacidad de dar más, hacer más y amar más, a Dios, a nuestro prójimo, a la patria, a nuestra familia y a nosotros mismos.

De modo semejante, así hay que ver el reto de la espiritualidad. No se trata de sentir que ésa es nuestra cruz, que no se puede recorrer ese camino, o que eso queda solamente para almas muy selectas, predestinadas a la santidad. Los católicos, dicho sea de paso, no comulgamos con el concepto calvinista de predestinación. Cristo nos ha redimido, pero hemos de aceptarle y vivir consecuentemente para recibir la herencia eterna.   La espiritualidad profunda y auténtica es una invitación universal y permanente: universal, pues se nos hace a todos; permanente, pues es un llamado a lo largo de toda nuestra existencia.

Por espiritualidad profunda se entiende un vivir la fe todos los días, con hondura, es decir, que esa fe nos marca, es como un sello que nos hace actuar de un modo particular. Tomamos en serio al Señor, pero no ponemos cara seria, sino que eso nos da gran alegría; procuramos estar siempre pendientes del Señor a lo largo de cada jornada, lo que no significa rezar hasta el cansancio, sino combinar la diaria oración, con el trabajo y la responsabilidad familiar, reflejando en ellos los valores del Evangelio. Se trata de un cristianismo auténtico, y permanente, no formal ni de fines de semana.

El Papa Francisco ha advertido a los cristianos que no sean sal insípida y añadió “tienen que vencer la tentación de la espiritualidad del espejo”, por la que se preocupan más de iluminarse a sí mismos que llevar a los demás la luz de la fe. Luz y sal. “Jesús  -ha dicho el Papa comentando el Evangelio del día-  habla siempre con palabras fáciles, con comparaciones fáciles, para que todos puedan entender el mensaje”. De aquí la definición del cristiano que debe ser luz y sal. Ninguna de las dos cosas, observó el Papa, es algo en sí misma. “La luz es para iluminar a otro; la sal para dar sabor, conservar otra cosa” (Homilía en Santa Marta, 7 de junio 2016).

Por su parte, el Padre Antonio Rivero afirma: “La espiritualidad es el dinamismo que produce el Espíritu en la vida del alma: cómo nace, crece, se desarrolla hasta alcanzar la santidad a la que Dios nos llama… hasta alcanzar la estatura de Cristo” (A. Rivero, Teología Espiritual, UNICAH, 2016).

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