La realidad social en Honduras desde los evangelios

¿Quién es mi prójimo?” Lc 10, 29-37.

 Seminarista Elvin Gregorio Hernández Rosales

I de teología, Diócesis de Choluteca

elvinhrn@gmail.com

 Ciertamente, cada día lleva consigo todo tipo de situaciones que hacen que cada persona sienta que no hay un futuro esperanzador para sus vidas. Las innumerables problemáticas que viven los hondureños son realidades que han llegado a tener tal repercusión en sí que se vuelven insuperables e incluso tiende a hacerse costumbre de ello. La lista de situaciones que vivimos a diario y que afectan directamente a todos los ciudadanos es casi incontable; no pretendiendo enumerarlas en este momento, me enfoco únicamente en su génesis: el pecado en todas sus dimensiones.

Para iluminar esta reflexión es preciso que la Palabra de Dios interpele nuestra actitud ante cada una de las realidades que atentan concreta y directamente contra la dignidad de la persona humana. El primero y, a mi parecer, el más grande de los pecados que podemos consentir en nuestras vidas será la indiferencia. Ser indiferente ante el dolor y el sufrimiento que cada persona encarna es el pan de cada día; la esperanza de una sociedad mejor, con oportunidades reales de superación para todos y cada uno de los ciudadanos, consolidar una institucionalidad capaz de ser fundamento para la sociedad, etc. hace ver la cruda realidad en la que están sumidos nuestros pueblos. Tendríamos que plantearnos algunas preguntas: ¿quién es el responsable de todo esto? ¿Quién tiene el deber de solucionar todas estos problemas? y más… pero no es el hecho; esto nos hace quedarnos solamente en la contemplación del problema (que generalmente es lo que la gran mayoría de nosotros hacemos) y no pensar en una posible solución, o si se quiere, ser solución.

 

Los evangelios nos muestran el claro ejemplo de la que puede ser nuestra postura ante los problemas sociales cuando en la parábola del “Buen Samaritano” (cf. Lc 10, 29, 37), algunos son indiferentes y solamente uno, el que de forma empática siente la necesidad del necesitado.

Si cada uno de nosotros hondureños, cristianos o no, mostrásemos aptitudes y actitudes que nos permitan hacer frente a todo lo que atenta contra la dignidad humana, es muy probable que la realidad social sería muy alentadora para el desarrollo de la vida en sus diferentes panoramas. Sin embargo, ¿qué está atentando contra el deterioro de nuestra sociedad? Enumeramos también las nuevas corrientes sociales que se enfocan en lo material y no en lo vital, en el materialismo y consumismo más que en promover la vida desde su concepción hasta su fin natural. La corrupción y todas sus manifestaciones ocasionan y desarrollan el nuevo cáncer social del que nos habla el Papa Francisco.

Por otro lado, el muy conocido “Sermón de la montaña” o “Las Bienaventuranzas” (cf. Mt 5, 1-12) detallan unos parámetros que aseguran en alguna medida los aptitudes deseables en quienes han de ser agentes renovadores en la sociedad con un espíritu de dicha y esperanza. Si la visión que Jesús consiente para quienes serán los aptos para el Reino tiene un tinte netamente social puede caer en un simple discurso que pretende solventar, de forma paliativa, una situación concreta; Él va más allá de eso, hace de cada uno de los ejemplos un factor de cambio vital y trascendental, un agente de esperanza y de dignificación humana, un promotor de albores presentes y futuros en los que cada persona llegue, en primer lugar a una felicidad social-comunitaria; en segundo lugar, a la consolidación de fuerzas para hacer frente a los problemas sociales y; en tercer lugar, a ser un signo de unidad entre hombres/mujeres y Dios.

 

Pidamos a Dios la fuerza del Espíritu Santo, la compañía de Santa María de Suyapa para que se encarne en nosotros cada una de las virtudes evangélicas que nos vuelque hacia una transformación de la realidad social de nuestros hermanos, con alegría y esperanza, con tenacidad y diligencia, en cada uno de los diferentes contextos que nos toca vivir.

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