Buenas Nuevas

“… Subieron al Templo…”

Al encuentro de  la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“… Subieron al Templo…”
(Lc 18, 9-14 – XXX Domingo del Tiempo Ordinario)
Si el domingo pasado toda la liturgia de la Palabra estaba orienta a mantener el ritmo de la oración en ánimo y sin desalientos, la de este domingo, nos coloca de nuevo en un ámbito espiritual, Lucas nos dice que ambos, el fariseo y el publicano, entraron al lugar por excelencia de la presencia de Dios: el templo.
Es como si en estos dos anónimos de la breve parábola, lo que entra en verdad a la presencia de divina fuesen sus conciencias… El fariseísmo era la corriente más “espiritual” y más abierta y “humana” del judaísmo. El publicano, un término latino que entró en nuestra lengua, sobre todo en conexión con los evangelios (de publicanos, “un cobrador del dinero público) y usado para sustituir al término griego evangélico telónes, de télos, “tasa” (impuesto).  Fue pues, la odiada figura del funcionario fiscal que cobraba los impuestos para los romanos.
Es maravilloso comprender que lo que desenmascara la realidad de la propia conciencia, es la oración. La del fariseo que en verdad no es una oración, inicia con una enumeración de sus méritos de una vida correcta, justa y respetable. Claro, oración de uno que está en la justicia del hombre y no en la de Dios. Sus cálculos puestos en la balanza de los pagos que Dios hace se ven a su favor: paga los diezmos, ayuna más de los días prescritos, un verdadero modelo del hombre observante en las prácticas de la Ley. Muy distinta es, pues, la oración del publicano, que atrás del templo en su parte más oscura, hace una confesión de su pobreza y su pecado: “Ten piedad de mí que soy un pecador”. Ante el contraste de las dos oraciones se puede afirmar que la razón de la oración ya no es la justicia del hombre sino la justicia salvífica de Dios.
Cuando oramos evidenciamos lo que realmente somos ante Dios, y se evidencia por igual quien es Dios, un Dios que en su amor genera un desequilibrio en la balanza de los pagos, porque no es un tirano o un acreedor sin corazón, sino un padre: ve en los hombres a sus hijos, pidiéndoles sobre todo amor que les lleve a la conversión. El publicano en verdad nunca parece que fue un observante estricto de la religión judía, seguro de su salvación por el no quebrantar nunca la Ley, sino un hombre de fe que espera de Dios su perdón y su infinita misericordia. De aquí se desprende la inesperada conclusión que señala Jesús: el fariseo orgulloso es rechazado por Dios y el publicano justificado por su fe y su confianza en Dios.
Como en la parábola del “Buen Samaritano”, Jesús provoca a sus oyentes: presentando como modelo ejemplar a un individuo considerado despreciable por la opinión pública común y como modelo a evitar elige precisamente al representante de uno de los más estimados movimientos religiosos del Israel. Esta ha sido su pedagógica que suscitaba un vuelco para la reflexión teológica de su tiempo.
Toda la perícopa de este domingo concluye con la lapidaria frase del Señor: “El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. A los ojos humanos el fariseo como personaje ilustre de una venerable institución religiosa, seguirá siendo estimado, mientras el publicano seguirá siendo detestable. Pero a los ojos de Dios sucede un cambio radical y capital: la aureola de la que el primero se miraba envuelto será su realidad más oscura y errónea, capaz de consumirlo en su orgullo empobrecedor y la miseria existencial del otro queda curada y su rostro se llenará de la luz del día en su momento de mayor resplandor.

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