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Dimensión Espiritual

Carlos Eduardo, diácono.

carloseduardiacono@gmail.com

Todavía quedan algunos despistados que definen al ser humano a la antigua usanza como «animal racional». Hoy en día es más adecuado referirse a su variadas dimensiones y, por tanto, definirlo como «un ser bio-socio-racio-psico-espiritual», por tener precisamente tales dimensiones: biológica, social, racional psíquica y espiritual.

Por formar parte de los seres vivos, tenemos un cuerpo, por lo que estamos sometidos a las leyes de la física, de la química y de la biología. De aquí se derivan tanto una serie de relaciones con la Naturaleza y otros seres vivos, cuanto una serie de obligaciones. Como seres sociales nos encontramos contextualizados étnica y culturalmente, lo mismo que jurídica y políticamente, lo que nos genera un conjunto de exigencias morales que debemos atender.

Por nuestra racionalidad nos distinguimos de otros seres animados, algunos de los cuales tienen un cerebro que incluso les permite tener ideas y hacer relaciones, pero a nivel de representaciones y no de juicios, ni mucho menos de argumentaciones. La racionalidad es fundamental para comprender el mundo en que vivimos y conducir nuestra vida. Pero no es suficiente. Cuando reconocemos que tenemos un psiquis, nos adentramos en el mundo de los sentimientos, inclinaciones, y pasiones, que marcan nuestra personalidad y que nos obligan a acudir a decisiones de carácter ético, en provecho personal y colectivo. Algunos cultores del materialismo más tosco, se detienen aquí y no reconocen ninguna dimensión espiritual. Otros dan un paso más en esa dirección.

Cuando analizamos el significado de la dimensión espiritual, a lo largo de la historia, sin perjuicio de valiosas opiniones de algunos científicos y artistas, vemos que el tema ha sido abordado casi exclusivamente por las ciencias sapienciales: la Filosofía y la Teología. Uno de los principales filósofos que se refieren al espíritu es Hegel, luego seguido por gran parte del idealismo alemán, y quien en cierto momento llama al espíritu alma, de naturaleza psíquica y racional.  Se trata de una espiritualidad inmanente, es decir, que no trasciende la esfera de lo humano y que se manifiesta, primero, como conocer, querer y decidir; luego a través del derecho, la moral y la ética; y, finalmente, en el arte, la filosofía y la religión. Pero esa religión muchos la entendieron y la entienden como un producto exclusivamente humano.

A ese espíritu conceptualizado de tal modo por la Filosofía, le podemos llamar espíritu inmanente. Pero el cristiano debe llegar al espíritu trascendente, uno que, teniendo todas las potencialidades del anterior, se abre a Dios, escucha su voz a través de la revelación, acepta su mensaje y anhela unirse por siempre a Él. Ciertamente en un buen concierto yo cultivo mi espíritu (inmanente), lo mismo que apreciando la Naturaleza o cumpliendo mis deberes morales. Pero debemos ir más allá en busca de una espiritualidad que nos una a Dios, no por un rato, ni fortuitamente, sino con raíces profundas, perseverantemente y para siempre. Cada uno de nosotros debe decidirse a emprender el camino de una sólida espiritualidad. Algunas reflexiones acerca de cómo hacerlo las presentaremos la próxima semana.

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