Buenas Nuevas

“¿Los va hacer esperar?

Al encuentro de  la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“¿Los va hacer esperar?
(Lc 18,1-8 –XXIX del Tiempo Ordinario)
Queridos lectores, ¿cuántas veces desde nuestro pesimismo pedimos a Dios? El Evangelio de este domingo, en la figura ejemplarizante de una viuda, nos muestra el camino de la constancia y la confianza en lo que se pide a Dios. Lucas presenta claramente la cualidad de implacable constancia de la viuda que ignora el silencio del juez, la amargura de su indiferencia y hasta la dureza de su disimulada hostilidad. ¿Quién habría formado tan duro temple en la vida de la viuda de la parábola?
La respuesta la podremos encontrar en el perfil que de ellas nos da la historia de Israel, en efecto, en la Biblia “los huérfanos y las viudas” son el emblema de la personas más débiles del pueblo elegido, porque a éstos se le violentaban todos los derechos, estaban expuestos a todos los abusos y sin abogados defensores fuera de Dios. ¿Cuánta valentía habrán desarrollado en ese contexto de dolor? Todo está para imaginarlo: un enemigo que hostiga, un juez sólo pintado, así cansada entraba y salía continuamente de los fríos palacios de la corte de su tiempo, gritando que se le hiciese justicia. Eso era lo único que pedía “justicia”.
En la necesidad de orar siempre y sin desanimarnos como nos pide Jesús, su breve parábola nos recuerda el buen ánimo con el que debemos hacerlo. Se trata de estar en la certeza de la escucha, de que Dios tiene oídos para mí y mis súplicas. Que Él puede tardar pero no me olvida.
Este tema queda claro: si un juez corrompido e injusto como el de la parábola está dispuesto a ceder ante la tenacidad de una viuda indefensa, cuánto más lo hará el Juez justo y perfecto que es Dios.
El tema de la oración favorito por este evangelista, ya nos lo había señalado anteriormente: “Si ustedes que son malos saben dar cosas buenas a sus hijos ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” (Lc 11,13).
Hay que decir de manera concluyente, que orar no es nada fácil, porque no se trata de un conjuro, de un “hoy declaro” (expresión muy de moda en los grupos de corte protestante que oímos en sus prédicas), de un palabra mágica que hace lo que se dice. La oración es una aventura por la que misteriosamente nos lleva Dios, que la misma Biblia presenta como una lucha, basta recordar la frase de san Pablo en la Carta a los Romanos: “Les exhorto, hermanos, a combatir conmigo en la oración” (15,30).
El verbo “combatir” en griego, usado por el Apóstol es el de “agonía”, es decir, el del combate decisivo y total. Por esa razón, decimos en los misterios del rosario: “La agonía del Señor en el huerto de los Olivos”, en verdad, Él oraba, pero su oración era similar al combate de un gladiador en la arena, luchando para ganar la batalla, con su única arma: la oración.
En este domingo, la vida cristiana se ve llamada a escuchar una vez más la voz del Maestro que Lucas pone de nota introductoria cuando dice: “Jesús dijo una parábola sobre la necesidad de orar siempre, sin cansarse”.
Esta es la cualidad indispensable de la oración, es el matiz que caracteriza a los grandes orantes, es por tanto, la fidelidad aun en los momentos de silencio de Dios, en el tiempo de la aridez y de la oscuridad. Y se aprende a orar, orando. Dios nos permita a todos el deseo de orar cada día más y más, sintiendo profundamente que estamos como lo dice el Salmo 131,2: “Estoy como un niño en el regazo de su madre”, cuando me pongo en oración.

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