Punto de Vista Reflexión

Desde mi ventana

Desde mi ventana
P. Juan Ángel López Padilla
Hace unos días regresé a la Ciudad Eterna para continuar escribiendo mi tesis, con la intención de presentar los capítulos que he trabajado y esperar que sean aprobados. En fin, estar tanto tiempo detrás del computador, ansiando como nada estar en mi parroquia y sirviendo a mi gente, no es una situación agradable, aunque reconozco que tiene un placer particular y muy personal esto de escribir sobre un tema que tengo entre ceja y ceja, desde hace muchos años ya.
El asunto es que la ventana de mi cuarto da hacia una de las paredes del Hospital Militar y desde aquí no se ve nada interesante, más que una fuente agua que desde que me hospedo con los Padres Eudistas, ha sido mi música de fondo. Al inicio me resultaba un tanto molesto escuchar aquel caer de agua, pero la verdad que el ser humano es un animal de costumbres. Ya me acostumbré.
Escuchando al santo Padre el miércoles en la Audiencia General, me hizo pensar en lo que él llamó su mayor miedo: ver que Jesús pasaba a su lado y no reconocerlo, no verlo en los más pequeños, en los necesitados.
En eso me quedé pensando y me debatía entre escribir sobre eso o sobre la convocatoria al Sínodo de 2018, con ese tema de los jóvenes y las vocaciones, o bien hablar sobre los cardenales recientemente nombrados. En fin, mientras pensaba en eso me puse a rezar y empecé a escuchar en la calle una discusión.
En general, los italianos tienden a ser increíblemente bulliciosos, gesticulan, gritan y sus peleas son un drama. Hasta donde lo he visto, se dicen de todo, pero nunca, gracias a Dios, he visto que lleguen a las manos o peor aún a sacarse una pistola. Insisto que, eso es hasta donde yo lo he visto, no es una investigación.
Desde mi ventana he escuchado peleas de parejas, regaños a los niños, peleas entre vecinos, peleas por un espacio para estacionarse.
Sin embargo, esta mañana, comencé a escuchar a lo lejos una pelea que no era de las usuales. Sinceramente, me costó captar de lo que se trataba.
Desde hace unos años atrás, la fuente que está debajo de mi ventana, se volvió espacio para que algunos migrantes indocumentados, pasen la noche. Les he visto por la calle, tratando de llamar a sus familias, sin pedir nada, bajando la cabeza. Algunos paquistaníes, africanos. En su mayoría musulmanes. Muchas veces al abrir la ventana y ver a alguno desde lo alto les he saludado y a alguno le ofrecí algo de beber en una ocasión que le vi sentado comiendo, pero sin más. Un bote de agua, eso.
Pues hoy los desalojaron. Cuando me percaté de lo que era, dejé de orar, me asomé a la ventana. No les maltrataron, pero los corrieron. Con sus tres cositas y fuera de ahí. Les acusaron de sucios, de estar en el centro de la ciudad. Alguno dijo que fueran a buscar al Papa.
Justo eso y me acordé del miedo del Santo Padre. Cristo pasando y yo de espectador. Bajé las gradas. Llegué a la puerta y sólo pude verlos cuando se los llevaban. Claro, probablemente no hubiera hecho nada, pero debieron contar con una mano que les ayudara o al menos quién los viera como personas.
El miedo del Papa, es el mío.

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