Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Perdonar lo imperdonable

Perdonar lo imperdonable
Diac. Carlos E. Echeverría Coto
carloseduardiacono@gmail.com
Mi amigo Rogelio ordena en los restaurantes aquellos platos cuya foto le sugiere ser más apetitosos. Algo semejante me pasa cuando el título de una película me resulta atractivo. Así, fue un acierto escoger “La Vida es Bella”, aunque tuve una verdadera decepción con “En Nombre de la Rosa”, pues se dejó de lado toda la riqueza cultural del libro de Eco, para narrar una historia de crimen, que ni el mejor detective de su majestad británica, enfundado en hábito de monje medieval, pudo rescatar. Confieso que muchas veces selecciono también libros sólo por su título, con variados resultados.
Tan pronto me llegó noticia de que Claudia Palacios, destacada periodista colombiana, ha escrito un libro llamado “Perdonar lo imperdonable”, se me ha despertado ansias de leerlo. Y más aún después de un “NO” dado en las urnas al proceso de paz en Colombia que, al parecer, lejos de acabar con él, parece encausarlo por caminos de mayor realismo y aceptación.
Perdonar lo imperdonable insinúa una lucha moral y espiritual por lograr conceder perdón por delitos sumamente graves, tales como el secuestro, la extorsión, el asesinato, con su secuela de luto, dolor y llanto, en aquel hermano país. Es el duro precio a pagar por una paz para las futuras generaciones.
Volviendo la mirada hacia nosotros, encontramos acá una guerra encubierta de muchos frentes, que ha generado lágrimas, duelo y a veces rabia y deseos de venganza. Más allá de la disminución de la cifra de asesinatos y homicidios, los últimos años nos han aportado unas miles de decenas muertos, que cruzaron el umbral sin causalidad natural. Y debe interpelarnos a cada uno de nosotros el enorme número de compatriotas obligados a huir, emigrar o pedir asilo, por habérseles cerrado un horizonte de esperanza en su propia patria. Agreguemos a esto la brutal violencia doméstica, los índices de pobreza que claman al cielo, la ingente corrupción, las secuelas de las maras y los narcotraficantes y las criminales acciones de quienes no admiten que ha llegado la hora de acabar con la impunidad y los privilegios a políticos y poderosos. Más temprano que tarde deberemos recomponer el herido tejido social y para nosotros llegará también la hora de perdonar lo imperdonable. Estoy convencido de que esto es humanamente imposible, a no ser que lo pongamos en el plano espiritual. Nuestro pueblo lo sospecha también cuando repite que “errar es humano, pero perdonar es divino”. Pero el perdón no se improvisa, sino que se aprende, se construye de a poco y madura con el tiempo y el poder de Dios. Todos tenemos el cristiano deber de perdonar, por lo que debemos crecer en la capacidad de perdonar, al tiempo que madura nuestra fe. Se empieza en casa, perdonando las pequeñas ofensas y haciendo que los hijos crezcan en una atmósfera de paz, sana tolerancia y reconciliación. El Papa Francisco pide a los padres que enseñen a decir “gracias”, “con permiso” y “perdón”. Continúa con una catequesis permanente, que nos empodere de los valores del Evangelio, para que comprendamos lo que podríamos llamar “el mercado de valores de la misericordia”. Y madura finalmente con el ejercicio mismo del perdonar de todo corazón. Y siempre orando al Señor: “Hazme un instrumento de tu paz”.

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