Buenas Nuevas

“Levántate, vete; tu fe te ha salvado”

Al encuentro de la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“Levántate, vete; tu fe te ha salvado”
Lc 17,11-19 XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario
Hoy de nuevo, nos encontramos llenos de gozo por una palabra de Dios que nos llama a la fe, una fe que libera y salva. Así Lucas nos presenta hoy al anónimo leproso que no sólo se ve curado sino recibido en un proceso de conversión y de salvación. La salvación total sólo alcanza este leproso agradecido, que se vuelve alabando a Dios. Hay que notar que este proceso el evangelista lo expresa a través de un juego verbal.
Todos los diez leprosos, después del encuentro con Jesús, quedan curados, pero sólo al samaritano que regresa, Jesús le declara al final: “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”. Queda claro, todos quedaron curados, pero sólo uno salvado. Y su salvación le viene por su fe, por su alabanza genuina, por su retorno-conversión no hacia el sanador de turno, sino hacia Cristo salvador. Y es que los gestos que Lucas señala en el samaritano, son de un auténtico creyente: “Alababa a Dios a gran voz, se echó a sus pies, daba gloria a Dios”.
En la antigüedad se conocía la lepra con horror y en la Biblia, sobre todo en el libro del Levítico (caps. 13 y 14), se creó alrededor de esa enfermedad un valor simbólico, excluyendo de la comunidad civil y religiosa a quienes la padecieran, por su nivel de contagio.
Considerada además como un duro castigo divino para quien había cometido pecados graves e innombrables. Jesús rompe en este relato la tradición sagrada que condenada al aislamiento y a la vergüenza al leproso. A partir de este gesto de Jesús, podemos meditar este domingo, en la infinita misericordia del corazón de Cristo, que saca al hombre de su sufrimiento y la humillación. De este gesto extraordinario de amor, nació el gesto entre muchos, de san Francisco de Asís, que al inicio de su conversión encontrándose con los leprosos de su pueblo, llegó a abrazarlos y beber el agua con la que había lavado sus heridas, en señal de plena comunión con su sufrimiento.
Pero el relato hoy para nosotros nos introduce en la necesidad de buscar a Jesús, como aquél que es capaz de realizar todas las curaciones del hombre, herido en su cuerpo o en su espíritu. En el camino hacia los sacerdotes, los diez leprosos, deben reconocer que en el prodigio realizado, habrá que reconocer quien está a la base de su sanación, la persona de Jesús y sus promesas que se cumplen; ellos debieron volver, para demostrar la fe en su Palabra. Así pues, Lucas, no sólo nos habla de un milagro, sino un milagro que nos lleva a un sentido más alto de su narración, al que nosotros también debemos llegar.
Los verbos griegos usados por Lucas, son muy claros. Todos los diez son “purificados”, según el sentido del primer término griego usado, son, por tanto, liberados de la enfermedad y de todas las consecuencias de “impureza” que la enfermedad creada respecto del culto y de la vida civil. Pero únicamente el samaritano es “salvado” y el verbo griego sozein es usado por Lucas precisamente para exaltar la liberación plena y total del mal, sobre todo el interior y espiritual.
Podemos concluir, pensando que hoy también estamos llamados a aceptar la salvación por la fe, que Jesús nos ofrece, sólo Él puede curar “la lepra de nuestras culpas”, como decía santa Catalina de Siena. Poner nuestra fe en Él será un nuevo inicio de liberación para seguir siendo por igual, signo de su misericordia antes un mundo que de igual margina y desprecia por tantas razones a sus hermanos.

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