Opinión Punto de Vista

Una ciudad que maquilla su pobreza

Una ciudad que maquilla su pobreza
Víctor Hugo Álvarez
Director de Fides
El breve espacio de una columna es insuficiente para hablar de una ciudad como Tegucigalpa, llena de contrastes abismales, pero rica en historia, fe y tradición que la convierten en una capital que poco a poco va alcanzan mejores niveles en el proceso de desarrollo, lo cual ha sido un anhelo de los capitalinos, aspiración  que muchas veces ha sido echada por la borda durante varios períodos edilicios desde antes del retorno a la vida republicana y ya viviendo esta etapa.
La decisión de Marco Aurelio Soto de trasladar la capital de Comayagua a Tegucigalpa aún tiene, para muchos,  repercusiones negativas debido a que la decisión  del reformador fue asumida aún teniendo una geografía adversa.
Frente a la esplendidez del Valle de Comayagua la nueva capital quedó atrapada entre serranías de escabrosas laderas y las  pequeñas planicies que bordean el Río Grande o Choluteca. Cualquiera que hayan sido los motivos de Soto para tomar esa decisión, la verdad es que Tegucigalpa y su gemela Comayaguela, que más parece la hermana no deseada de lo tegucigalpenses y de muchas autoridades edilicias,  tuvieron que acoplarse a las exigencias del desarrollo.
El desplazamiento poblacional que disparó una migración masiva del campo a la ciudad a inicios de la segunda mitad del pasado siglo, representó un grave desafío para la capital. El éxodo hacia Tegucigalpa y Comayaguela, originaron el crecimiento desordenado de la ciudad, por carecer de un plan urbanístico y esto trajo consigo  graves consecuencias que no se superan,  pues muchas colonias no tienen servicio de agua potable, alcantarillado y drenaje puvial.
El crecimiento vegetativo de la ciudad es asombroso. A inicios del decenio de los noventas del pasado siglo, apenas rebasamos el medio millón de habitantes. Hoy hablamos de millón y medio y para el año 2025 se espera que más del 20 por ciento de la población del país resida en la capital. Menudo problema el que tenemos por delante los que habitamos en las ciudades gemelas.
El crecimiento del desempleo y subempleo se ha tornado un mal galopante cuya única salida por ahora parece ser la economía informal y el alto crecimiento de los servicios, muchas veces mal pagados y eso contribuye al depauperamiento  progresivo al que se somete a la mayoría de los habitantes de la ciudad.
La violencia cotidiana, la extorción son males que se han incrementado sumiendo a los capitalinos en el temor y el sometimiento a quienes ejercen esos hechos delictivos. La gente se ha alejado de los hermosos parques de Tegucigalpa, de los negocios que están en sus amplios bulevares y aún de los oficios religiosos que se celebran al atardecer de cada día.
Sin embargo,  la actividad no se detiene y los últimos tiempos la ciudad va adquiriendo otra fisonomía debido a la llamada infraestructura gris, pero en el fondo subyacen los problemas ingentes de la población.
Tegucigalpa es muy vulnerable, hemos destruido los bosques que la rodeaban para albergar colonias y “viviendas”. Eso facilita la erosión y los deslaves con su secuela de dolor y muerte. Se ha dañado el Río Grande que la atraviesa y no existe en sus aguas ningún signo de vida debido a la contaminación. El “amado río” de Juan Ramón Molina, es hoy un caudal contaminado y contaminante.
Pero el pueblo tiene fe y ante la apatía de las autoridades desarrolla su vida entre la economía informal y el desempleo, entre la pobreza y la violencia, entre la sed de agua y de justicia. Así ha llegado a los 438 años de esta ciudad digna de mejor suerte.
En medio de esos contrastes, de acuerdo a nuestra fe, San Miguel, vela por sus habitantes.

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