Buenas Nuevas

“Si tuvieras una fe tan grande…”

Al encuentro de  la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
“Si tuvieras una fe tan grande…”
(Lc 17,5-10 – XXVII Domingo del Tiempo Ordinario)
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
Nos encontramos este domingo ante una de las maneras de relacionarse de los discípulos con Jesús, rogándole les otorgue algo que por sí ellos nos pueden poseer, en este caso “la fe”. El relato de Lucas afirma que todos, parece ser, a un sólo coro le han pedido el aumento de su fe. Jesús como siempre, no se lo concede como lo haría un mago, a través de un conjuro y ya. Jesús les llama a profundizar en esa súplica, porque si alcanzan una fe verdadera podrían hasta mover montañas. Se los explica con dos imágenes altamente impresionantes. La primera lo hace a través del principio didáctico provocatorio: la morera tiene raíces resistentes, bien arraigada a la tierra, tanto  así que las tempestades no pueden fácilmente desenraizarla. La fe, aunque pequeña y reducida a una lucecita, aunque parecida a una semilla microscópica como la de la mostaza, tiene la fuerza de arrancar lo que está consolidado, tiene la capacidad de cambiar las suertes, de virar los destinos, de transformar la historia, de trasplantar en el mar lo que puede vivir sólo en la tierra como la morera.
Luego presenta Jesús una parábola llena de interés para comprender su auténtico mensaje, ya que trata de un amo y de su siervo, el valor de la enseñanza no está en la prepotencia del amo, sino en la actitud del siervo. Imágenes que representan al creyente en su relación con Dios. Por su fe, éste debe de tener una actitud de total disponibilidad, sin cálculos o contratos o limitaciones. Nuestra relación con Dios no puede ser como una relación comercial de patrón y empleado, sujetos a cláusulas, derechos, deberes y demás compromisos laborales. El creyente se debe entregar a Dios con amor, así se firma el contrato con Él, te amo Señor de manera libre y total, son cláusulas de tiempos y recompensas.
Así pues, ambas enseñanzas de Jesús afirman que tanto la fe como el amor, no recriminan nada, no exigen derechos, no fundan una relación en contratos de compra y venta, te doy y me das. Bien lo ha señalado san Pablo: Ho díkaios ek písteos zésetai (“el justo vivirá por su fe”), frase célebre griega que él puso como título a toda su obra teológica maestra que es la Carta a los Romanos (1,17). Esta frase en realidad es una cita, traducida del hebreo y tomada del profeta Habacuc (finales del s. VII a.C.), en donde tienen un valor menos específico y se pone más bien como un principio general en la interpretación profética de la historia: los perversos y los poderosos confían sólo en su fuerza y habilidad y no saben que se apoyan en una realidad frágil o inconsciente que terminará en la nada; el justo tiene a Dios como su única confianza y, por tanto, vivirá porque el Señor es roca sólida que no vacila ante las tempestades de la historia.
¡Aumenta nuestra fe! Es la súplica que desde entonces sus discípulos siguen implorando. La fe nos es de principio vital, de fuerza, de salvación, es raíz que señala “la seguridad de lo que se espera y la certeza de las cosas que no se pueden ver” (Hb 11,1). Con plena sabiduría los discípulos pidieron algo que les era en verdad fundamental, no sólo para el seguimiento de su maestro, sino para la continuación de su propia vida. Tal petición no ha pasado de actualidad, al contrario podemos señalar, que hoy es tan apremiante como ayer, pedir humildemente al Señor, el don teologal de la fe, para que no vacilemos en nuestra búsqueda cotidiana de Él y de su voluntad.

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