Punto de Vista Reflexión

Los dos apellidos

Los dos apellidos
P. Juan Ángel López Padilla
Comenzamos el mes de octubre, que de por sí, ya tiene apellido: Mes de las Misiones. Sin embargo, tantas veces pareciera que esto se reduce, única y exclusivamente a una colecta que hacemos en unos domingos y que muchas veces, admitámoslo, es un tanto raquítica.
La misión es otra cosa. En poco tiempo estaremos celebrando el décimo aniversario de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en Aparecida. El problema es que aquello que nos pidieron los obispos, en aquel entonces, estamos lejos siquiera de comprenderlo y, mucho menos, de ponerlo en práctica.
Se nos habló de vivir en estado permanente de misión. Esa actitud tiene una única fuente y es el enamoramiento del Señor, el identificarnos con Él, para actuar como Él actuaría. No puede ser que la misión sea un asunto de cálculos, de acciones esporádicas y menos de una actitud acrítica y proselitista. Si no estamos enamorados, no vamos a hablar del amor, si no tenemos una relación personal, sincera y profunda con el Señor, diremos cualquier cosa y repetiremos ideas, pero nunca las haremos nuestras.
El estado permanente de misión nace del corazón del Señor, porque es Él quién nos ayuda a identificarnos con los más necesitados y nos descubre que su evangelio no se puede reducir a una predicación, sin vida. El estado permanente de misión, es un estado permanente de amor. Sólo quien ama, quiere permanecer en lo que ama. Si somos discípulos misioneros, cansados y desanimados, es porque hemos perdido la capacidad de dejarnos amar y de corresponder a dicho amor. Hemos bajado la guardia en procurar ese enamoramiento en nuestros ambientes porque la situación de violencia, de inseguridad generalizada, nos vuelve desconfiados e “inmediatistas”.
El evangelio, más que nunca debe penetrar en todos los espacios de nuestra nacionalidad porque el participar en un culto o en una misa, nunca será suficiente. Hay que apostar de nuevo por formar familias misioneras. Familias que con convicción hablen con y de Dios.
Arriba les dije que el mes de octubre tenía apellido, pues sí, pero tiene dos, el otro es apellido materno: es el mes del santo Rosario.
En países como Corea del Sur, la devoción a la santísima Virgen, resultó en una nación con un crecimiento de la fe que debemos todos envidiar. Por algo llaman al catolicismo la “religión de la mamá”. Tanto es así que una nación que tiene menos años de haber alcanzado su bautismo de fe, tiene un número de misioneros creciente. Nosotros, sencillamente, seguimos viendo los toros desde la barrera.
Así que, me parece más que oportuno, que hagamos buen uso de nuestro nombre de cristianos con dos apellidos en este mes. Que nos atrevamos a pedir en cada rosario diario, mejor rezado en familia, que no perdamos el impulso de llevar la verdad del evangelio a todos los ambientes donde nos desenvolvemos. Que se note que somos distintos porque nos mueve un espíritu distinto al pesimismo y cansancio en que está nuestro pueblo y el mundo entero.
Si el evangelio tuviese una síntesis, esa sería el santo Rosario y por eso es que, orar con él los misterios de Cristo, nuestra cabeza, nos abren al horizonte de la misión, del estado permanente de Misión.

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