Homilia

Homilía del Domingo 2 de Octubre de 2016

Homilía del Señor Arzobispo para el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
“Señor, Auméntanos la  fe…” (Lc. 17, 5-10)
Esta es la oración de los primeros discípulos a Jesús. Los discípulos están sinceramente interesados en seguir a Jesús y en poner en práctica sus exigencias. Cualquiera de nosotros habríamos hecho la misma petición con toda sinceridad. No tanto por buscar un poder excepcional, sino con el deseo de liberarnos de nuestros miedos, de vencer nuestras resistencias y de lograr llegar a ser audaces en el seguimiento de Jesús.
“Señor, auméntanos la fe” ¿No será ésta la oración que hemos de hacer los cristianos de hoy? “Auméntanos la fe” porque continuamente nos desviamos de tu Evangelio. Ocupados en escuchar nuestros miedos y nuestras inseguridades no acertamos a escuchar tu voz en nuestras comunidades ni en nuestros corazones.
Desde un plano científico no existe solución para el enigma del ser humano. Tampoco hay solución en un nivel de ideas generales, y mucho menos desde una perspectiva de poder (producir para conquistar y tener, a costa de los otros). Sólo por la fe en Dios  y por confianza mutua podremos existir sobre la tierra. Esta es la aportación básica de la fe cristiana, no sólo a la historia de occidente, sino al conjunto de la humanidad. Ha llegado el momento de volver a la fe que pedían los discípulos: “Auméntanos la fe”
Jesús responde a los discípulos: “Si tuvieran fe como un granito de mostaza”…
El grano de mostaza es la semilla más diminuta, símbolo de los comienzos del Reino a partir de unos valores humanamente insignificantes. Si tuviéramos fe como un granito de mostaza. ¡Qué pequeño es el granito de mostaza! Pero, a veces, nuestra fe es mucho más pequeña. No terminamos de confiarnos a Dios, de abandonarnos a Él. Acudimos a El, pero dejamos bien asegurada nuestra vida y nuestras cosas por si acaso. Con esta imagen (del grano de mostaza) Jesús nos está diciendo que, cuando se cree en Él, cuando  ponemos toda nuestra confianza en Él, no hay obstáculos insalvables. Con Él todo es posible, y sin Él nos quedamos a mitad de camino.
Vivimos en un momento de desencanto, de indiferencia,  y de secularismo. Quizás, nosotros mismos sintamos que nuestra fe se desvanece o que a veces, está bloqueada ¿Es posible desbloquear esa fe amenazada de muerte? ¿Es posible descubrirla de nuevo en el fondo de nuestro ser como una fuerza vital capaz de dinamizar toda nuestra vida humana? ¿Podemos creer de nuevo en «esa dulce y secreta intuición» (Rilke) de un Dios que no está lejos de ningún ser humano y cuya ternura podemos experimentar en nosotros mismos?
A continuación Jesús pasa de la  imagen de la  mostaza a otra imagen agrícola: la  “plantación de un   árbol   en   el  mar”.  Por eso dice: “dirías a esa morera,  arráncate de raíz y plántate  en el  mar  y   obedecería”. La comparación, al estilo oriental, es exagerada pero así queda grabada en la memoria. ¿Qué quieren decir estas palabras? La “morera” como  la higuera es  figura de  la  institución judía y de toda  institución que nos aliena y nos frena en nuestra  vida. Con esta metáfora, Jesús  viene a decir que la  confianza en El, exige una sana distancia de toda  institución  alienante, con sus principios y formas de funcionar, que nos impiden vivir plenamente; que la ruptura  ha de  ser  tal que  incluya el deseo de  la desaparición de todo aquello que nos dificulta vivir lo mejor que hay en nosotros.
La morera que deseamos que desparezca es el sistema neoliberal fundamentado en la jungla del egoísmo que excluye a la mayoría y genera sufrimiento y muerte. Nosotros estamos llamados a ser testigos de vida y de esperanza para nuestro mundo.
Por eso, dice: “dirías a esa morera,  arráncate de  raíz y plántate en el  mar”. Es  imposible que   una morera se  plante en el  mar: en el  fondo, lo que hay en esta expresión es el deseo de  romper con  todo  aquello que, en definitiva, nos esclaviza y no nos permite vivir una vida plena de sentido.
Jesús termina con una pequeña parábola de un campesino modesto que solo tiene un criado. Su jornada no termina en el campo, sino en la casa donde tiene que preparar y servir la cena. Jesús invita a los oyentes a identificarse con la situación de siervo.  “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.” Jesús viene a decir a los discípulos que necesitan considerarse como pobres siervos, sin pretensiones. En un mundo de soberbia y de búsqueda de reconocimiento, Jesús nos invita a la humildad y a no esperar agradecimientos y recompensas.
En Jesús, el Hombre de Nazaret, se nos revela la actitud justa ante la vida: vivir como hijos de Dios. Siempre somos hijos amados por Dios, que nos perdona y nos busca “setenta veces siete”. Desde esta experiencia de sentirnos amados por Dios sin medida ni condiciones, somos invitados a amar “como El nos ha amado”. Esta es la esperanza y la alegría que Jesús nos ofrece en el Evangelio.
Jesús es para nosotros la referencia definitiva para nuestra vida y para toda la Iglesia. Jesús es para nosotros la razón última, la fantasía del futuro, el definitivo discurso sobre Dios y sobre el ser humano, la parábola inagotable sobre Dios, abierta a todos los tiempos. Jesús es Aquel que nos ofrece siempre más, nos ofrece una plenitud de vida.
Necesitamos recuperar el Fuego que Él encendió en sus primeros seguidores y dejarnos contagiar por su pasión por Dios y por su compasión por todo ser humano.
Nuestra oración hoy, en el silencio de nuestro corazón, puede ser: “Señor Resucitado, te confiamos lo que nos pesa y nos separa de Ti. En Ti ponemos toda nuestra confianza. Que podamos percibir la claridad de tu Presencia en medio de nuestras fragilidades”.

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