Enfoque

¡Parece que falta el sentido común¡

¡Parece que falta el sentido común¡
La reelección, en países con una debilidad institucional como Honduras, con índices bajos en cultura política y poca madurez de sus ciudadanos, es perjudicial y es un riesgo para la consolidación de la democracia porque las reglas se modifican con muy poca anticipación, como lo establece la misma ley, no por el consenso de las mayorías sino por el antojo de los grupos de y en el poder.
Por su importancia, Fides reproduce el editorial del Boletín Apuntes de la Pastoral Social/Cáritas de Honduras donde se aborda un problema de palpitante actualidad.

He aquí el editorial.

“Cuando una ley está en contraste con la razón se le denomina ley inicua; en tal caso cesa de ser ley y se convierte más bien en un acto de violencia” (Compendio de la DSI, no 398).
Cuando se repartió el sentido común en la humanidad, llegamos tarde. La capacidad para realizar aquello que es indispensable en la comunidad, en la vida y en las personas sin hacer largos razonamientos, se le llama sentido común y pertenece a toda la humanidad, no es privilegio de nadie, se adquiere por el simple hecho de ser humanos.
Como lo destaca el informe de Latinobarómetro 2016, en América Latina prevalece un desencanto por la democracia. En Honduras, los últimos procesos electorales han dejado en el paladar de la sociedad el amargo sabor de haber sido engañados una y otra vez, las constantes denuncias de fraude, presidentes que han sido declarados electos no por la autoridad electoral sino por los medios de comunicación, la manipulación del sistema electoral ha sido evidente y el populismo y el cálculo político han estado a la orden del día, dando como resultado poca credibilidad en la democracia, menos confianza en el gobierno, menos orgullo de la hondureñidad y mayor decepción e incertidumbre sobre el futuro del país.
En el 2001, los cinco partidos políticos firmaron el Manifiesto de los Partidos Políticos hacia el Pueblo hondureño. Con este acuerdo, se pretendía iniciar el proceso de reforma política integral y que fracasó por la falta de voluntad política de los partidos y obligó nuevamente al pueblo en el 2012, a demandar una serie de reformas del Estado, de sus instituciones y de su democracia marcada por la corrupción, por el abuso y la debilidad institucional.
Por más de 15 años el pueblo y las organizaciones sociales han demandado reformas profundas en el sistema político electoral: modificación de la composición y elección del Tribunal Supremo Electoral, cambios en la dirección de las mesas electorales, penalización de los delitos electorales, elección por distritos electorales, voto electrónico y la fiscalización de los aportes y recursos para las campañas. Hasta ahora la respuesta de la clase política han sido promesas y más promesas, burlándose del pueblo y de sus demandas.
El pueblo ha pedido y sigue exigiendo cambios, y los partidos políticos y los legisladores no han respondido a esos reclamos. La respuesta burda escuchada durante los últimos años es: “No hay tiempo”, “Es una decisión que no corresponde ni al Congreso ni al Tribunal Electoral, pertenece a las cúpulas. “Falta que se pongan de acuerdo los dueños de los partidos”. ¿Es que acaso los partidos tienen dueño?, ¿O es que los ciudadanos son propiedad del dueño del partido al igual que en la época feudal? La democracia no es patrimonio de un minúsculo grupo. Es una opción política de la mayoría. Es responsabilidad de los legisladores escuchar el reclamo de la sociedad y traducir esos reclamos en bien de toda la ciudadanía a través de leyes, decretos y reglamentos.
¿Es que acaso los ciudadanos tienen que presionar al Congreso para que emita leyes correspondientes aL bien común? ¿No son ellos los representantes “genuinos” del pueblo, los que han sido elegidos para legislar en bien del país? ¿No son los escogidos para interpretar el sentir de las mayorías? Esa es su principal función. Eso es lo elemental de su mandato, lo que conviene, pero perdieron el sentido común.
Producto de la pérdida de ese sentido común, la clase política en vez de caminar de lo simple a lo complejo, camina como el cangrejo, al revés, introduciendo en la agenda política el tema de la reelección y relegando la reforma política electoral a segundo plano. No podemos desconocer que la reelección es una agenda que sólo sirve e interesa a las estructuras de poder y se sitúa en una dimensión eminentemente personal y sectaria partidista, aunque para realizarla se tenga que modificar y suprimir principios constitucionales.
Las reformas políticas integrales deben situarse en el plano del interés colectivo para hacer posible la transparencia electoral, el fortalecimiento de la institucionalidad. Garantizando la participación y la igualdad de las personas ante la ley. Aunque la Corte Suprema de Justicia dio como cosa juzgada la reelección y el Tribunal Supremo Electoral la asume como tal. Las reacciones y acciones están por verse. ¿Tendrá el partido de gobierno medida la consecuencia de sus actos y de sus posibles opositores? ¿Será capaz de arriesgar la estabilidad del país? ¿Tendrán los partidos de oposición la fuerza para revertir esta decisión política de la reelección?
La reelección, en países con una debilidad institucional como Honduras, con índices bajos en cultura política y poca madurez de sus ciudadanos, es perjudicial y es un riesgo para la consolidación de la democracia porque las reglas se modifican con muy poca anticipación, como lo establece la misma ley, no por el consenso de las mayorías sino por el antojo de los grupos de y en el poder.
El debate de la reelección ha puesto al país a invernar. La solución de los problemas estructurales va a paso de tortuga, dejando las puertas abiertas a la corrupción e impunidad a pesar de los esfuerzos que se hacen para erradicarlas. Aunque la gobernabilidad no está relacionada únicamente con la duración de los mandatos o si existe reelección o no, la estabilidad institucional está íntimamente ligada a la fortaleza y solidez de las instituciones democráticas y a la confianza que la gente tiene en las mismas. En Honduras, la figura de la reelección como se ha planteado hasta ahora puede anular el carácter pluralista de los partidos políticos, ya que es evidente que a medida que toma fuerza la idea de la reelección se va perdiendo la diversidad ideológica, los partidos políticos se repliegan en torno al candidato a reelegirse y aquellos que no sucumben son estigmatizados y la oposición parece no tener ni propuestas ni cabida en este nuevo escenario y eso es peligroso para la democracia.
La reelección es un tema complejo, lleno de espinas, pero también lleno de posibilidades, pero para simplificarlo exige: las reformas políticas ya mencionadas en este documento y una institucionalidad que tenga la capacidad y la voluntad de asegurar la decisión del pueblo, quien al final, tiene la última palabra.

¡Ojalá prevalezca el sentido común!

A %d blogueros les gusta esto: