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La Dolorosa acompaña nuestro caminar, como lo hizo con su Hijo

La Dolorosa acompaña nuestro caminar, como lo hizo con su Hijo
María saca su fortaleza de la oración y de la confianza en que la voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, aunque nosotros no la comprendamos.
Texto y Fotos: Lilian Flores
liflores@semanariofides.com
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La Virgen María representa obediencia, amor, ternura, comprensión y dolor, ella la llena de gracia, la que dijo “si” al Señor, la que cumplió fielmente su palabra tuvo que sufrir al ver a su Hijo padecer en una cruz injustamente. En muchos lugares la veneran bajo distintas advocaciones pero la persona es la misma. El 15 de Septiembre la recordamos bajo el título de nuestra Señora de los Dolores, por tal motivo feligreses de la parroquia que lleva el mismo nombre tiraron la casa por la ventana para festejar a su patrona. En su ausencia el padre Alex Hernández quien se encuentra de viaje por asuntos del Tribunal Eclesiástico, pidió al padre Ricardo Paredes, antiguo párroco y al padre Brayan Arriola, ambos Redentoristas para que apoyaran al vicario Rubén Moncada en las actividades de esta festividad. En una solemne Eucaristía celebrada por estos sacerdotes se recordó a la madre dolorosa, que dé pie junto a la cruz de Jesús, su Hijo, estuvo íntima y fielmente asociada a su pasión salvadora.
La imagen de la Virgen Dolorosa nos enseña a tener fortaleza ante los sufrimientos de la vida, ella es el ejemplo más grande de entrega y amor, la nueva Eva, que por su admirable obediencia contribuyó a la vida, contrario de lo que hizo la primera mujer, que por su desobediencia trajo la muerte. Los Evangelios muestran a la Virgen Santísima presente, con inmenso amor y dolor de madre, junto a la cruz en el momento de la muerte redentora de su Hijo, uniéndose a sus padecimientos y mereciendo por ello el título de Corredentora.

DESCONSUELO En este día se recuerdan los sufrimientos de la Virgen Madre durante su vida, todos por haber aceptado ser la Madre de Nuestro Salvador. Con este sufrimiento nos enseña cómo hay que tener plena confianza en que la voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, aunque la mayoría de las veces no lo comprendamos y nos quejemos de lo que nos pasa. La imagen de la Virgen Dolorosa nos enseña a tener fuerza ante las penas de la vida, Ella nos acompañará y nos fortalecerá ante las embestidas de la vida, los momentos de dolor, y de dudas.
El sufrir en los humanos es parte de nuestra naturaleza, algo que no podemos evitar en nuestra vida, y con su propio dolor Jesús y la Virgen nos han enseñado, al sufrir ellos mismos, que en este dolor en este sufrimiento nos acercamos más a ellos, nos parecemos más a Cristo, encontramos el camino a la salvación, y los amamos con mucha más intensidad. Esta fiesta se estableció en 1715, en ella se quiso conmemorar los Siete Dolores que tradicionalmente se han considerado como los más profundos en la vida y en el corazón de la Virgen María.
María expresa su dolor de una forma serena, esto no implica que no haya lágrimas, su dolor grande e inmenso, pero cuando el ser humano tiene una tristeza grande las lágrimas casi no brotan, ya que el misterio de ese dolor no lo permite. María nos recuerda que acompañó a su hijo hasta la cruz y sufrió callada por nuestra salvación.
La Iglesia nos pide que nos entreguemos sin límites al amor de María y a llevar con paciencia nuestra cruz, pero que no dudemos que la Dolorosa acompaña nuestro caminar como lo hizo con su hijo Jesús.
LOS SIETE DOLORES
La meditación cristiana captó y, en cierto modo, fue codificando progresivamente a lo largo de los siglos siete episodios dolorosos, siete episodios bíblicos en los que esta atestiguada expresamente o intuida por la tradición la participación de María.

La profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús. (San Lucas 2,34-35)

La huida a Egipto con Jesús y José. (San Mateo 2, 13-17)

La pérdida de Jesús. (San Lucas 2, 41- 51)

El encuentro con Jesús cargando la cruz, camino al calvario. (San Lucas 23, 27-31)

La crucifixión y agonía de Jesús. (San Juan 19, 25-27)

Su sufrimiento al recibir en brazos a Jesús ya muerto. (San Juan 19, 38)

El entierro de Jesús y la soledad de María. (San Juan 19,41-42)

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