Buenas Nuevas

“…Me atormentan estas llamas”

Al encuentro de la palabra … según San Lucas para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“…Me atormentan estas llamas”
(Lc 16-19-31 – XXVI Domingo del Tiempo Ordinario)
La parábola de este domingo se desarrolla a través de dos actos: Después de la descripción de sus personajes y lo que hacían, el primer acto o escena, presenta la realidad de la muerte para ambos personajes. Allí se da un vuelco para ambos destinos. Ese cambio que muchas páginas de la Biblia dibujan repetidamente y que Lucas sintéticamente ha esbozado en las famosas bienaventuranzas-maldiciones del llamado “Discurso de la llanura” del capítulo 6: “Bienaventurados ustedes, los pobres, porque suyo es el Reino de Dios. Bienaventurados ustedes que pasan hambre, porque serán saciados… Ay de ustedes, ricos, ya tienen su consuelo. Ay de ustedes que ahora están saciados, porque tendrán hambre (vv.20-21.24-25). Dios, con la revelación de su Hijo, ha cambiado definitivamente los valores del mundo y los destinos planificados por el hombre.
Luego viene la segunda escena, en ésta se entrelaza la historia y la eternidad; lo terrenal y lo celestial. Es la escena de los “cinco hermanos”, que le quedan en la tierra al rico que ha muerto, por quiénes éste se preocupa. Abrahán que goza de la vida divina, le asegura que para una verdadera conversión no es necesario una aparición de muertos o cualquier otro tipo de signo. La verdadera conversión viene de la decisión personal de acoger la Palabra de Dios, expresada a través de Moisés y los profetas, o sea, a través de la Biblia. La palabras del patriarca en gloria, resultan lapidarias, es decir, sin vuelta atrás… no hay esperanza para quién decidió el camino errado una vez que le llegue la muerte y para los que siguen viviendo, toda está dicho en la Palabra de Dios que se anuncia.
Hay que notar querido lector, que Lázaro el pobre tirado a los pies de la mesa del rico, es el único personaje de las parábolas de Jesús, que lleva un nombre. Su significado en hebreo es altamente emblemático: “Dios ayuda”. En la Edad Media, éste personaje se salió de la parábola y se convirtió en un personaje real, patrón de los leprosos y los mendigos.
Con esta parábola se dibujan algunos elementos que caracterizan a su autor, Lucas, y la teología de su mensaje. En primer lugar hay una predilección por los pobres, elemento característico de toda la obra. A la par viene, la indignación que provoca los excesos de los lujos y extravagancias de los ricos. Seguidamente aparece el tema de la justicia divina. ¿Podrá Dios olvidar el sufrimiento de los pobres? La parábola enseña que no. A la hora de la muerte los destinos cambian de manera radical y eterna. Así nace la esperanza para los sufridos de la tierra, que esperan la justicia de Dios, sostenida por la confianza en su Palabra.
Entonces ¿qué le pasó a este rico que mereció tan eterno castigo? No parece fácil responder. Todo apunta a su vil conciencia que se dejó sofocar por el egoísmo, llegando a la ceguera total que no le permitió tener sensibilidad humana. Se dejó seducir por el placer, el ruido de la diversión le hizo sordo a la voz de Moisés y los profetas: la Biblia. Y si la escuchó, endulzó la exigencia acomodándola a sus propios intereses. ¿Cuán difícil le fue confiar en Dios, cuando todos sus bienes le gritaban: confía en mí?
El camino para todo cristiano serio, es la justicia y el amor, no hay otro; no hay posibles alternativas negociables para entrar en el “seno de Abrahán”, imagen judía antigua que representa la paz perfecta en el Reino de Dios.

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