Punto de Vista Reflexión

Civilización del amor

Civilización del amor
P. Juan Ángel López Padilla
En la segunda ocasión en que celebramos la fiesta del beato Pablo VI, me parece oportuno referirme a uno de sus términos preferidos y que debemos retomar en las circunstancias actuales que vive nuestro mundo, y en particular, nuestra Honduras.
En 1967, cuando Pablo VI publicó la Populorum Progressio, el beato hacía una reflexión sobre como las diferencias culturales, económicas y políticas que hay en nuestro mundo reclamaban un mayor esfuerzo por seguir caminos más humanos, donde se respete la dignidad de todos y cada uno de los que habitamos esta tierra.
Parece que nada ha cambiado en los últimos 40 años. Decía Pablo VI, en su momento, que no había espacios para “los sentimientos humanos de justicia y misericordia.” Si comparamos eso con lo dicho por Papa Francisco, esta semana recién pasada en la Jornada Mundial de oración por la paz, en Asís, nos daremos cuenta que nuestro mundo tiene sed de justicia y que la paz sin justicia, sin sentido de hermandad, es imposible.
Es urgente que se escuche en nuestro mundo, en nuestra Honduras, un grito de sensatez que nos lleve a reconocer que la violencia, las imposiciones de criterios de cualquiera de los grupos, pero sobre todo los grupos políticos, la indiferencia ante el sufrimiento de los que no pueden valerse por sí mismos; son muestras de lo poco civilizados que somos. El que usted o yo tengamos unos aparatos electrónicos sofisticados o el que tengamos un título universitario no son pruebas de que somos civilizados. Los más grandes ladrones y los más grandes criminales que han afectado nuestra sociedad, son personas “estudiadas” en universidades y aunque sea, con doctorados “honoris causa”.
Lo que civiliza es el amor. Lo que humaniza es el amor. Lo que da sentido y orienta la vida, la hace humana, es el amor.
Cuando concluyó el Año Santo de 1975, Pablo VI exhortó al mundo a vivir en un concepto de civilización que incluyese unos valores e intereses que manifestaran un modo de comportarse, unas relaciones de convivencia entre los hombres y entre los pueblos, en los que nadie se sintiera excluido, en el que se velara por instaurar un mundo cada vez más semejante al plan de Dios.
Nuestra manera de concebir tanto el progreso como la civilización, responde a parámetros materialistas que niegan la trascendencia de la persona, porque nuestros connotados ideólogos, creen que el amor es un concepto abstracto, cuando no es un simple concepto y menos es el resultado de abstracciones vacías. Amar es algo muy concreto. Es practicar la misericordia, es dar de beber, dar de comer, vestir, acompañar al que sufre, corregir al errado, animar al apocado. Pero todo esto sin nuestra fotografía en una calcomanía, o el logo de nuestra empresa, ni anunciándolo con bombos y platillos, sino sencillamente por solidaridad, por sentido de humanidad.
Nuestra sociedad, en palabras del beato Papa, está basada en la “dialéctica del odio y la avaricia”, de relaciones calculadas para conseguir votos o aplausos, relaciones inmisericordes.
Necesitamos volver a la dialéctica del amor.
Dicen que cuando un sacerdote predica del amor, es porque no preparó la homilía, pues prefiero pasar por poco “civilizado”, pero de esto no hay tanto que predicar, sino mucho que practicar.

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