Opinión Punto de Vista

Portadores de luz

Portadores de luz
Víctor Hugo álvarez
Director de Fides
El ejercicio del magisterio ha sido considerado siempre una noble labor, varios lo definen como un apostolado debido al grado de entrega y sacrificio que significa la tarea de enseñar, de transmitir conocimientos y valores a las nuevas generaciones.
No siempre el rol de los maestros fue como lo conocemos ahora, pues los procesos de enseñanza aprendizaje, la creación de las escuelas como tales son inspiración de la Revolución Francesa y el esparcimiento del liberalismo alrededor del mundo.
Pero el arte de enseñar es tan antiguo como la humanidad misma, pasando por todos los procesos de la historia, pero la sistematización de los métodos y generalidad de la enseñanza, fueron surgiendo con la organización de las sociedades y el aparecimiento y configuración de los estados.
En Honduras se atribuye a Ramón Rosa, precisamente durante el período de la Revolución Liberal,   la organización de la instrucción pública, como una respuesta al inmenso conglomerado de analfabetas que había a principios el siglo XIX y que ha trascendido con grandes índices hasta nuestros días.
Pero la verdad es que siempre ha habido hombres y mujeres dispuestos a sacar de la ignorancia a las nuevas generaciones y en este campo, la Iglesia, en todas las épocas, ha sido un ejemplo. Ella es portadora del gran mensaje de paz, solidaridad, justicia y amor. Por ello es madre y maestra.
Con la fundación de las escuelas normales y la ahora denominada Universidad Pedagógica la enseñanza en nuestro país fue abandonando el empirismo, pero no se ha reconocido aún la enorme labor que realizaron los mentores  autodidactas, como tampoco se reconoce en su justa dimensión la obra que realizan miles de maestros diseminados en todo el territorio nacional.
A los maestros se les trata muy mal, se ha tejido en torno a ellos un estigma de revoltosos e inconformes, indisciplinados y bobos que se dejan arrastrar por los esnobismos políticos e ideológicos. Se desconoce que quien enseña debe primero aprender y en esa dinámica va surgiendo el conocimiento y el debate de las ideas.
Por ello,  muy pocos reconocen la enorme labor humanística que desempeñan, el empeño que ponen en realizar su labor y las condiciones adversas donde ejercen su cátedra. Es claro que un sector dedicado a la enseñanza como es el magisterio, no puede engullir tan fácilmente intenciones que dañan la nacionalidad o simplemente quedarse callados ante la imposición de métodos  y propuestas educativas que propugnan el estancamiento, la inmovilidad.
La prensa nacional con mucha regularidad publica informaciones sobre las adversidades en que se desenvuelve la enseñanza y la quijotada de los maestros por revertir esa situación. Por ejemplo hay escuelas unidocentes donde el profesor atiende hasta tres grados a la vez.
Hay centros escolares que se caen a pedazos y el material didáctico  ni se conoce y ahí están los maestros. Ellos junto a los padres de familia han asumido funciones que no les corresponden, sino que es tarea del Estado, pero quienes ejercen la titularidad del Estado son ciegos ante esas situaciones y en vez de aumentar, recortan el presupuesto de Educación.
Negar la nobleza del magisterio es querer ocultar una realidad, ignorar que son un aporte esencial para el desarrollo del país es caer en el ridículo. Ellos merecen nuestro respeto, nuestro apoyo, porque quién de nosotros nos lleva entre sus mejores recuerdos a los maestros que nos ayudaron a formarnos, a fundamentar en los valores nuestro actuar y a ser amantes de la paz y la justicia.
Debe revalorarse la actitud hacia los mentores hondureños y darles el sitial que se merecen como constructores de una sociedad distinta a la que hoy tenemos. Ellos son portadores de luz en medio de las tinieblas en donde se esconde la ignorancia.

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