Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Tolerancia

Tolerancia
Diac. Carlos  E. Echeverría Coto
carloseduardiacono@gmail.com
Uno de los rasgos característicos de lo mejor de la humanidad es la tolerancia, entendiendo por tal el aceptar serenamente que otras personas piensen de manera diferente a la nuestra, sin romper por ello las relaciones que con ellas pudiéramos tener, en razón de los vínculos que se generan desde el parentesco, la profesión, el trabajo, la religión, la política, la vecindad, etc.
Al hablar de lo mejor de la humanidad, el ejemplo mayor es Jesús de Nazareth, “que comía con publicanos y pecadores” (Mt 9. 11) y que podía decirles con autoridad “yo tampoco te condeno” (Jn 8. 11). Y en el presente todos recordamos a la Madre Teresa de Calcuta, sirviendo a quienes tenían otra religión, otra cultura, otra visión del mundo y de la vida.
Y observamos al Papa Francisco –como vimos a varios de sus antecesores- ir al encuentro de los otros, de los no católicos, con abrazo franco y sonrisa sincera. En el mundo no cristiano vale la pena recordar a Mahatma Ghandi, tratando que la tolerancia no fuese sólo un distintivo personal, sino un imperativo para la India, mosaico de ideas, y de costumbres.
Desde el siglo XVIII se viene teorizando más acerca de la tolerancia. Podemos seguir esa pista a través del enciclopedismo, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el genuino liberalismo político, el pragmatismo, el racio-vitalismo, el neotomismo, el personalismo, hasta llegar al modernismo. Pero hay que distinguir entre la teoría y la práctica concreta, que permitió el surgimiento del Terror en la Revolución Francesa, o los horrores de las guerras, con su brutal cuota de intolerancia, en la Europa liberal y cristiana, o el caza-brujismo macartista, en el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Pero ante todo es menester saber exactamente qué es y qué no es la tolerancia. Una cosa es aceptar a la persona que no piensa ni se comporta igual a mí, y otra muy distinta es que yo crea que da igual pensar cualquier cosa o comportarse de cualquier modo. Nada más alejado de la auténtica tolerancia que el relativismo, que acepta que cualquier moral, cualquier religión, cualquier idea es buena y capaz de hacernos vivir plenamente como seres humanos. Pues no.
Resulta que sólo puede ser auténticamente tolerante aquél que está ideológica o filosóficamente, o bien  moral y religiosamente definido.  El ser tolerante se fundamenta en principios muy sólidos; por tanto, se debe tener una escala de valores muy bien definida y manejar argumentos capaces de dar cuenta de los errores ajenos. O sea, que yo no soy tolerante, por el simple hecho de no saber cómo rebatir las ideas de otro, que sé que no son las más. La falsa tolerancia debe ser llamada o relativismo o bien tolerancia ingenua.
Otra cosa más complicada aún es saber qué hacer con los actuales intolerantes agresivos. Cuando alguien cree que por matarnos, a los que nos llama infieles, Dios le va a dar el cielo, ¿cómo hacerle comprender que para que nosotros ganemos el cielo Dios nos pide no sólo no matarlo, sino amarlo y, si posible, hacer que él venga con nosotros también al cielo? Como se ve, nuevos retos se le plantean al cristianismo en estos tiempos, donde convive la auténtica tolerancia, con formas extremas y execrables de intolerancia.

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