Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Ve con dios… pero no vuelvas

Ve con dios… pero no vuelvas
Diac. Carlos  E. Echeverría Coto
carloseduardiacono@gmail.com
No quiero ser sarcástico, ni grosero, ni irrespetuoso; tan sólo descriptivo, cuando utilizo como título una expresión que pretende interpretar lo que pasa con nuestros migrantes. Creo que sinceramente no quisiéramos que se fueran. Luego, al entender sus razones para partir, les decimos adiós, que te vaya bien, que el Señor te acompañe. Y deseamos que tengan un trayecto ojalá rápido y seguro, y deseamos que pronto encuentren nuevos horizontes y que todo les sonría, pese a las crudas realidades que ya conocemos. Y cuando llegan las remesas –las salvadoras y benditas remesas- nos alegramos por ellos y por los suyos y por el país, y que ni modo, si lograron algún nicho allá, pues que se acomoden y que no vuelvan, porque parece que están mejor que entre nosotros,  y que aquí nosotros no estaremos tan mal, gracias a ellos.  Parece el libreto de una tragicomedia, cargada de pragmatismo y con nada de calor humano.
En mi casa me enseñaron el viejo dicho castellano: “No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver”.  Y es que, como sociedad, reflexionamos poco y mal sobre una posible superación de la problemática de nuestros migrantes. Algunos pocos, pícaros y aventureros. La inmensa mayoría, verdaderos héroes, generalmente anónimos, que buscan una oportunidad para sus vidas, sus cónyuges y sus hijos. Y en el intento, paradójicamente, muchos han perdido precisamente a sus cónyuges y a sus hijos, por una separación prolongada. Tanto sacrificio y sufrimiento por lograr sueños que no pocas veces terminan en pesadilla.
Mi respeto, bendición y oraciones están con todos aquellos que hacen algo al respecto, desde la Pastoral de la Movilidad Humana, que ha sabido hermanarse con los migrantes lejanos y retornados, y con sus familias, sus desaparecidos y con los vejados, abusados o discapacitados.
Y si bien algo se ha hecho desde el poder púbico en relación a ellos, aquí, como en el caso de la violencia, la delincuencia o la corrupción, se diseñan políticas y se realizan acciones para reducir los efectos, Pero es poco lo que se hace para combatir las respectivas causas. Pese a la existencia de políticas y programas, lo cierto es que no se registra un descenso en los índices de pobreza y pobreza extrema. Seguimos arrastrando tasas vergonzosas de desempleo, a veces semi-ocultas por el subempleo, el empleo parcial o temporal y la masiva actividad informal. La distribución de la riqueza, bienes, ingresos y oportunidades, llevan el sello de un gran desequilibrio, lo que nos catapulta a primeros lugares de inequidad e insolidaridad.
Los cristianos estamos llamados a contribuir decididamente aportando soluciones. Y hemos de hacerlo con la caridad (el amor) que prescribe el Evangelio.  «El amor es la forma más alta y más noble de relación de los seres humanos entre sí. El amor debe animar, pues, todos los ámbitos de la vida humana, extendiéndose igualmente al orden internacional. Sólo una humanidad en la que reine la “civilización del amor” podrá gozar de una paz auténtica y duradera» (Juan Pablo II, 1-1-2004).

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