Caminar Punto de Vista

Justicia y actitudes

Justicia y actitudes
Jóse Nelsón Durón V.
Pese a la costumbre generalizada de elevar la voz para acallar las otras, es conveniente recordar que el silencio siempre tiene algo que decir y que su paciencia es reconocida por la gentil sabiduría que lo origina. El silencio es suave cuna de la sapiencia y certero dardo de la opinión madura; entorno terso en que se sumerge la humanidad creyente, la Iglesia, la Ciudad del Dios vivo, la Jerusalén del cielo que camina en la tierra, cuando conversa con el Mediador de la Nueva Alianza, su Señor Jesús, que le lleva por las rutas del silencio y de la poquedad. El silencio tiene que ver con infinitud, magnificencia y señorío; con misterio y profundidad; con esencia y eficacia; sacramento, amor, esperanza y fe. Y abunda. Tanto, y por desgracia tan desusado, que jamás pierde su encanto, pero es justipreciado por las almas orantes que han comprendido que es en las carencias cuando más brillan las virtudes. El silencio también suena a paz, soberanía, fortaleza y libertad, ¿quién más libre que el seguro de sí mismo y responsable, aunque manso y humilde de corazón?
Nuestras respuestas ante o en las distintas circunstancias de la vida, dicen mucho de nuestro interior y esto debería encender avisos que guíen nuestra inteligencia, no sólo a conocernos mejor, sino a relacionarnos de manera más amable y generosa y a integrarnos en la gran familia humana. Cuánto nos asombran algunas reacciones, que desdicen muchas veces la riqueza de nuestras más certeras convicciones, como el cambio de humor por la pérdida de un partido por parte de nuestro equipo favorito o de nuestra selección. Actitudes contradictorias ante resultados diferentes: una pone lo que otra quita. Veamos: nuestros jugadores en la defensa de la selección olímpica fueron pieza clave para que llegásemos al lugar logrado; pararon cuantos goles pudieron y se convirtieron en nuestros héroes. Cuando erraron, se convirtieron en enemigos. Pero gracias a Dios y a sesudos comentarios, fueron recibidos de mejor manera, aunque tímidamente. Y así nos pasa en diferentes situaciones y casos. En la familia, nuestros trabajos, religión, estudios, relaciones interpersonales y en la política, quehaceres que toman mucho de nuestro tiempo y de nuestros sentimientos; que revelan nuestras incoherencias y hasta llegan a romper nuestras articulaciones anímicas, extendidas en el infinito espacio de nuestra personalidad y en el misterio de nuestra humanidad, donde desliza Su mirada misericordiosa Dios… aconsejando, previniendo, permitiendo y esperando…
Silenciarse es también aislarse, ceder, rezagarse y renunciar, actitudes a que las mujeres están tan acostumbradas. También los pobres, los relegados y olvidados por una sociedad que pretende saber el lugar apropiado para cada uno y en la cual es imperativo aprender a correlacionarse. Se trata de actitudes, reacciones ante la diversidad anímica que nos rodea y que proviene también del mismo Misterio, inefabilidad profunda inherente al hombre que constituye su conciencia, “núcleo más secreto y sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla”, CVII GS N°. 16. Sin embargo, el Señor, pese “a dejar al hombre en manos de su propia decisión”, no nos deja solos y nos aconseja en las más difíciles decisiones: no te engrandezcas ni permitas que otros lo hagan; ocupa tu lugar en la vida y no usurpes el ajeno o el que no te mereces; reconoce humildemente el de los otros y retírate al que te pertenece; deja las alabanzas y loas para quienes crean merecerlas y sumérgete en la serenidad de la aceptación de ti mismo y de tus limitaciones para que sean ellas las que te juzguen bajo la amorosa mirada de Dios.
Los justos, en su resurrección, te juzgarán.

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