Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

¿Cuál autoridad?

¿Cuál autoridad?
Diac. Carlos  E. Echeverría Coto
carloseduardiacono@gmail.com
“Yo soy la autoridad”- me dijo en cierta ocasión un agente de tránsito en la Costa Norte, allá por 1990.  Le discutía yo entonces, tratando de entender cuál había sido la infracción que le permitía retenerme la licencia de conducir. A veces cuestionamos la autoridad, a veces la autoridad es cuestionable, y de tanto en tanto uno se pregunta dónde está la autoridad.
Así como la primera respuesta que me han dado casi todos mis alumnos cuando les pregunto qué es la libertad es¨: -“un derecho”, de igual manera hay siempre una respuesta casi unánime cuando les pregunto qué es la autoridad: -“una potestad”.  Y hay razón en ambas afirmaciones, pero no es lo único que se debe decir sobre el asunto.
Convengamos que la libertad es un derecho humano básico, que tenemos por naturaleza, al ser dotados por Dios de inteligencia y voluntad.  También es un deber irrenunciable, pero debe ser ante todo una capacidad madura y una potestad que los demás respeten.  La libertad viene siendo la capacidad, la potestad, el derecho y el deber de autodeterminación.
De manera similar, la autoridad debe entenderse como la capacidad, la potestad, el derecho y el deber de determinar por otro. Esta simetría entre libertad y autoridad deriva del hecho de que toda autoridad es un servicio que se le presta a una persona, a una comunidad y hasta a toda una nación cuando no tiene la plena capacidad (p.ej. un pequeño niño) o no puede, por razones prácticas ejercer una potestad colectivamente (p. ej. 8 millones de personas tomando decisiones).
Respecto de la autoridad hay dos efectos notorios, uno por exceso y el otro por defecto. Expresiones como -“yo soy la autoridad”,  o bien –“aquí mando yo, y punto” podrían revelar la protesta de la autoridad al ser cuestionada, pero con mucha frecuencia es la expresión de una autoridad que no quiere razonar (p. ej. con un hijo), o que no quiere rendir cuentas de su gestión (p. ej. al pueblo, que es el mandante). Cuando por de alguna manera se cae en el exceso lo llamamos autoritarismo. Pero se da también el defecto de padres que no ejercen la “patria potestad” con los hijos, o de funcionarios que “escurren el bulto” y no toman decisiones. Esto se conoce como “vacío de poder”.
Muchos jóvenes ya delincuentes o en riesgo social, son fruto de hogares o con autoritarismo –generalmente acompañado de violencia-,  o falta de autoridad, por ausencia o por irresponsabilidad. La familia, al enseñar con amor y con firmeza a obedecer, es la mejor escuela de mando que se conoce. El niño que se hace joven, titular del derecho a la autodeterminación, va adquiriendo paulatinamente la capacidad para tomar decisiones, por lo que debe ir siendo investido cada vez de mayor potestad, para que un día ejerza su deber de ser libre, con pleno conocimiento de causa. Invito a los agentes de pastoral en este mes de la familia a que propongan reflexiones y discusiones sobre este punto a los padres de familia.
En cuanto a la autoridad pública siempre me ha llamado la atención los frecuentes polos opuestos, de los que ejercen autoridad con manifiesta prepotencia, o de los que no cumplen con su obligación de dirigir, porque “les queda grande la camisa” o porque tienen terror a equivocarse. Funcionarios autoritarios y funcionarios inútiles, no comprenden que la autoridad es un servicio que se ejerce con humildad y valentía pensando en un pueblo que le ha colocado allí, esperando que ejerzan autoridad sabiamente, en la justa medida, para el bien común.

A %d blogueros les gusta esto: