Ecos del Seminario

Martirio y Siglo XXI ¿Son compatibles?

Martirio y Siglo XXI ¿Son compatibles?
El martirio es atemporal, una cruz que se carga en vida y muerte constantemente y con una sonrisa en el rostro. Un mártir es aquel que sigue el ejemplo de Cristo; aquel que participa de toda la acción y vida de la Iglesia.
Gilberto Arturo Sosa Bueso.
heriteto@gmail.com
III Filosofía, SMNSS
Síguenos en http://www.fidesdiariodigital.com
Es probable que algunos de nosotros no comprendamos a plenitud lo que el martirio encierra. Por definición, martirio es sufrimiento que se padece por creer en una doctrina y defenderla. Etimológicamente, martirio es testimonio. Un mártir es aquel que sigue el ejemplo de Cristo; aquel que participa de toda la acción y vida de la Iglesia; aquel que se pone al servicio de los demás sin importar sus dones, carisma o vocación. Un mártir es, en una palabra: testigo. ¿Usted y yo hemos sido testigos de la obra de Cristo? Yo diría que sí. Por ende, si a diario nos esforzamos por ser testigos del Señor a través de los sacramentos o en nuestra lucha por seguir una vida cristiana coherente, eso quiere decir que a diario somos mártires. Dichosos nosotros.
Es importante clarificar que el martirio no es lo mismo que la mortificación, entendida como circunstancia corporal que produce disgusto o molestia; ni tampoco como acto de desagravio, es decir, en reparación o compensación de una ofensa. De una u otra manera, hacemos este tipo de sacrificios alimentando el anhelo de santidad personal, pero, sin dejar de tomar en cuenta que es solamente un sacrificio de momento. El martirio no. Este es atemporal, una cruz que se carga en vida y muerte constantemente y con una sonrisa en el rostro.
Claro está que, a algunos que trabajan por Cristo, consagrados al servicio de Dios o no, viviendo el martirio en su máximo esplendor, les toca morir. ¡Dichosos ellos que ya ven el rostro de aquel por el que murieron! También nosotros, que somos Iglesia, ya que, parafraseando a Tertuliano –Padre de la Iglesia– “la sangre de los mártires es semilla de los cristianos”. Hagamos que el desprendimiento de estos modelos de fe valga la pena.

MODELOS Ejemplos tenemos de sobra, citaré algunos con los que me identifico. Santa Cecilia, patrona de los músicos, quien después de haber sobrevivido a una primera sentencia de muerte, fue decapitada; Santos Cosme y Damián, gemelos, que junto a san Lucas son patronos de los médicos, quienes luego de haber sufrido múltiples intentos de ejecuciones, finalmente murieron crucificados. Eso por mencionar algunos de hace varios siglos. No hemos de olvidar los que las mismas Escrituras nos enlistan, siendo Esteban el primero, seguido de los apóstoles y otros cristianos de los primeros siglos.
Nuestro pasado reciente, e incluso, el presente, nos hablan a gritos de martirio. Sin duda, el modelo más renombrado en nuestro continente a finales del siglo pasado y hoy es el Beato Óscar Romero, de quien todos hemos leído o escuchado alguna enseñanza u homilía. Actualicémonos un poco más. Hace cinco meses asesinaron a cuatro religiosas Misioneras de la Caridad, quienes bajo el carisma de la Beata Teresa de Calcuta, mientras trabajaban con personas muy enfermas, fueron víctimas de un ataque terrorista. ¿Mártires? ¡Claro! Y más reciente aún, un sacerdote, Jacques Hamel, ya adentrado en los años que hace unos pocos días fue asesinado en Francia. Lamentable hecho que, entre sentimientos encontrados, nos impulsa a seguir. Ellos ya cumplieron su tarea. Es nuestro turno de emprender la nuestra. No todo martirio involucra sangre.
Y, ¿qué pasa con aquellos mártires de los que no nos damos cuenta? Aquellos quienes –consagrados o laicos– mueren también por amor a Cristo y desconocemos sus nombres, quehaceres o su fecha de muerte son también ejemplos vivos de que trabajar por el Reino de Dios es de valor incalculable. Que estemos todos dispuestos a vivir por Cristo para morir por Cristo. Que podamos decir al Señor como el Salmo 63,4: Tu amor es mejor que la vida, mis labios te alabarán.

MARTIRIO Y MORTIFICACIÓN
Es importante clarificar que el martirio no es lo mismo que la mortificación, entendida como circunstancia corporal que produce disgusto o molestia; ni tampoco como acto de desagravio, es decir, en reparación o compensación de una ofensa. Un mártir es aquel que sigue el ejemplo de Cristo; aquel que participa de toda la acción y vida de la Iglesia; aquel que se pone al servicio de los demás sin importar sus dones, carisma o vocación. Un mártir es, en una palabra: testigo. ¿Usted y yo hemos sido testigos de la obra de Cristo? Yo diría que sí.

A %d blogueros les gusta esto: