Opinión Punto de Vista

Toño

Toño
Victor Hugo Álvarez

Director Semanario Fides
Cuando llegó a Honduras era un hombre muy joven, transcurría el primer quinquenio de los años setentas del pasado siglo. Siempre se caracterizó por su mirada vivaz que los espejuelos de aro durado no podían ocultar, Tampoco escondía su franca sonrisa y mucho menos la sabiduría que impregnaba todo su ser.
Pese a ser un hombre de tales cualidades, el padre Antonio Ribas, tenía como denominador común en su actuar la humildad, como buen hijo de Santa Teresa y con la espiritualidad carmelitana de ser el más pequeño entre los pequeños y servir.
Con ese espíritu se fue involucrando  con los jóvenes de esa época, hoy la mayoría ya acumulamos juventud, y así se le vio alentando grupos juveniles en la Colonia La Pradera y en los asentamientos que  poco a poco iban creciendo en esa zona  de la capital hondureña.
Esa visión del padre Antonio lo llevó a involucrarse en el desarrollo de los primeros encuentros de Promoción Juvenil que se verificaron en Honduras en los primeros años del decenio de los setentas. Más le gustaba trabajar con las jovencitas que asistieron a esos encuentros; “porque eran más alegres y perseverantes que los varones”, solía decir.
Fue un pastor que con paciencia e involucrándose con su gente fue formado lo que hoy es la Parroquia Santa Teresa de Jesús de la colonia 15 de Septiembre, pero su labor más intensa la desarrolló en la capilla de La Pradera.
Sus enseñanzas eran claras: “servir, servir a los más pobres, preocuparse por ellos” y  conjugó sus pensamientos y palabras con la acción. Su labor fue siempre formar, crear comedores infantiles, centros de recreación para los más necesitados. Proyectos solidarios que se encuentran diseminados en Honduras, Nicaragua y El Salvador,  donde desempeñó su misión.
Le conocí junto al padre Manuel Ciurana, también carmelita, quien sirvió por algún tiempo la clase de Filosofía Cristiana en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ambos hacían una dupla extraordinaria trabajando con la juventud aglutinada en la Pastoral Juvenil de ese momento.
Platicar con Toño, como le llamábamos, era un deleite, igual vertía sus profundos pensamientos, como soltaba un buen chiste. Como orientador era inigualable, sabía llegar a la juventud con sus palabras, orientaba, cuestionaba, pero no condenaba.
Quienes le conocimos en sus años mozos y luego de su regreso a Honduras hace tres años, siempre lo vimos como el Toño amable, cariñoso y comprensivo. Su recuerdo no se borrará de nuestras mentes, ni podremos olvidar sus enseñanzas, su cercanía,  su amistad.
Su manera de ser, la forma como desempeñó su ministerio, los aportes que hizo a varias generaciones lo perfilan como un hombre que no le costó ganarse su entrada la eternidad.
Toño vino a Honduras como país donde comenzó su misión dos años después de haber sido ordenado, luego recorrió Centroamérica, pero su corazón siempre estaba entre los catrachos y regresó para quedarse para siempre.
Dios, a quien siempre amó y fue el motor de su vida tenga a Toño a su lado, que goce del descanso eterno en la Casa del Padre y nuestro corazón agradecido no le dice adiós, sino hasta luego amigo, porque desde allá siempre sabrá orientarnos, guiarnos y animarnos. Antonio Ribas sabe que con Cristo más, más y más.

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