Editorial

Editorial del Domingo 7 de Agosto de 2016

Familia, promotora del desarrollo
La familia es la “célula básica de la sociedad”, es el espacio privilegiado donde se transmiten los principios y valores, que constituyen el basamento esencial para que surjan buenos ciudadanos, que tengan la capacidad de consagrar su vida para forjar una sociedad justa, democrática y pacífica.
Es en el hogar donde se aprenden a conocer y a practicar los valores sociales, que son aquellos que están íntimamente ligados a la dignidad de la persona humana, ayudan a la convivencia social  y que impulsan a realizar reformas profundas y necesarias en las estructuras políticas, económicas y sociales, para la creación de instituciones fuertes.
La vida familiar, cuando es saludable, destaca el conocimiento y la práctica de los valores más importantes como son el amor, la verdad, la libertad y la justicia. A través de cuya vivencia, se adquiere un profundo sentido de la realización humana, eliminando las actitudes egoístas, excluyentes y acaparadoras. Actitudes materialistas e inhumanas.
Estos valores sociales constituirán el fundamento sólido para que los miembros de la familia sean capaces de ser solidarios, abiertos a los demás y entregados al servicio de quienes les rodean, en los distintos ambientes donde necesariamente deben actuar. Los valores sociales, en cualquier comunidad, serán siempre fecundos y enriquecedores para todos, cuando se respete y se impulse en todas las actuaciones, el valor de la verdad. Actuar siempre guiados por la verdad,  es la mejor manera de resolver los problemas sociales.
Cuando se esgrime la verdad siempre,  es posible crear un ambiente lleno   de   confianza   que   permita   sea   más   fácil   lograr   consensos,   que   resulten   ser beneficiosos para todos, Y es que sólo el esplendor de la verdad, es capaz de promoverla transparencia y la honestidad en la vida pública. Única manera de garantizar el imperio de la Ley y la igualdad esencial entre todas las personas.
En la familia también se debe vivir a plenitud un ambiente de libertad, reflejo de la imagen de Dios en la persona humana. En el seno de la familia, cada miembro tiene que ser reconocido como un ser libre y responsable. Evitando que esa libertad adquiera un tinte de individualismo, que lo conduzca a un ejercicio arbitrario y descontrolado de su autonomía personal, para no atropellar a los demás.
La libertad como virtud, aprendida en el hogar, constituye un aporte esencial para la convivencia en la vida pública. De esa manera, cada quien está capacitado para decidir su participación en la vida política, económica y social, en el marco de su contribución al Bien Común. La experiencia de la vida familiar, es la que puede enseñar y adoptar como guía de vida a la justicia social, cimentada en resaltar el valor de cada persona, en el respeto fiel a su dignidad y sus derechos. Justicia social que es lo opuesto a los criterios de utilidad  y de acaparamiento de la sociedad consumista de hoy, creadora de pobreza y de exclusión.
Finalmente, en la familia es donde la persona forja su afectividad. Es el ambiente donde se desarrolla la propensión a amar y ser amado. El amor a  Dios y al prójimo, es lo que puede persuadir a los pueblos a construir una convivencia en unidad, fraternidad y paz. Lo cual es contrario al clima que actualmente se vive en Honduras. En donde reina  un ambiente de violencia,  odio y venganza. Lo cual dificulta mucho el entendimiento entre los grupos políticos, pues es muy difícil dialogar y consensuar.
Cada día las diferencias se acentúan, con una orientación que puede conducir a esta Nación, a  la pérdida de la paz social.  Lo cual  hundiría  a más  hondureños  a sufrir condiciones de  vida muy precarias. Los grandes problemas de la violencia, el desempleo y la pobreza de la mayoría de los hondureños, deben ser abordados por medio de la instauración de políticas públicas, diseñadas con la participación del gobierno y los grupos de la sociedad civil, impulsada por la caridad social y política, que hacen amar el Bien Común. Y hay que tener presente que no existe una fuerza social más profunda, que el amor a la Patria y a cada uno de sus hijos.
En la familia también las personas desarrollan la conciencia del bien, del amor a Dios y al   prójimo.   Y siendo   fieles   a   esta  conciencia,   los  cristianos   se  unen   a  los   demás miembros de la sociedad, para buscar la verdad y construir una sociedad más humana. El Señor Jesús lo indicó: “Nadie tiene más amor…que aquel que da la vida por sus hermanos” .

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