Buenas Nuevas

“…a medianoche o de madrugada…”

Al encuentro de  la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“…a medianoche o de madrugada…”
(Lc 12,32-48- XIX Domingo del Tiempo Ordinario)
En el conjunto de la Palabra de Dios de este nuevo domingo, el ingenio de los escritores sagrados y de la Madre Iglesia para conjugar dichos textos para cada día, todo como inspiración de Dios, nos ofrecen hoy el contraste entre la luz y las tinieblas, la entrada de la noche y la llegada del día. Sin duda, escuchando atentamente la Palabra, se percibe la atmósfera tensa que trae consigo la noche. Pero la noche, fuera de su carácter tenebroso, puede ser también regazo fecundo desde donde surge la luz de la mañana. Es el caso, por ejemplo, de las famosas cuatro noches de la tradición judía: la que precede la creación, la de la vocación de Abrahán (Gn 15), la de la pascua celebrada por Israel en la Egipto y, finalmente, la última noche de la historia, la que se abrirá sobre el día sin ocaso de la eternidad.
En la primera lectura de hoy, tomada del libro de la Sabiduría, que es una pequeña joya griega de la literatura judía de Alejandría de Egipto, haciendo su meditación sobre el éxodo de Israel de Egipto, añade su particular y original reelaboración de esa noche pascual. Narra allí, cómo la tiniebla fue rasgada por una luz extraordinaria y maravillosa, la “columna de fuego” que habría guidado a Israel en el camino hacia la libertad definitiva. Así la tercera noche de esas cuatro, significó el símbolo que sobrepasa cualquier otra noche fecunda, ya que celebrado el sacrificio pascual, “en secreto”, se había convertido en la raíz de una noche que abriría la aurora de un gran y definitivo día.
La noche llena de temores a la espera de una luz o de una venida liberadora (pero también justiciera) aparece como telón de fondo del texto evangélico que leemos hoy. La alusión a la noche pascual del Éxodo es evidente en la frase: “Estén preparados con el cinturón al dorso”, precisamente como tenían que estar los hebreos en aquella noche, a la vigilia de su marcha hacia la libertad. Con Cristo y su retorno, está por llegar el día del éxodo definitivo hacia la plena y perfecta libertad. Razón por la cual, la actitud no es la de dormir, sino la de estar en vela; no es la de estar distraídos o indiferentes, sino listos, con las sandalias puestas, el bastón en la mano y ceñidos la cintura, para salir hacia el horizonte que está por abrirse, saliendo del letargo que deja la noche y el sueño.
Hay que pasar los días de la vida, en la óptica de la visión alentadora de aquellas palabras del Apocalipsis: “Vean que vengo pronto”, el error fundamental sería el de pensar: “El amo tarda en llegar”. Esta puede ser la tentación de cada uno de nosotros, al igual que lo fue para la Iglesia de Lucas, que entraba en la pasividad y la pereza espiritual y pastoral. Hay que estar como los centinelas del Salmo 130,6-7, De profundis: “Mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora; más que el centinela la aurora, aguarda Israel al Señor”. Esta es la invitación de Jesús: “¡Estén preparados!”, como los centinelas de Israel, entendiendo en sus palabras no la llamada al miedo traumatizante de cada noche, sino a la vigilancia amorosa del discípulo, que espera que su amo regrese, y lo encuentre feliz por estar cumpliendo el encargo dejado, con esmero y esperanza. Espera que regrese para fundirse en sus brazos que lo acogen, con la satisfacción amorosa de volver para rescatar a los suyos de esa expectativa de recibirlo, sabiendo que su recompensa le precede.

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