Kairos Misionero

Cuidar a enfermos también es hacer misión

Cuidar a enfermos también es hacer misión
La Unión de Enfermos Misioneros (UEM) anima a todas las personas que sufren y también a quienes cuidan de los enfermos, porque todas ellas sostienen la misión con su constante entrega a la oración de intercesión.
Mercy Lozano
de Dacarett
UEM /OMP-A
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Hoy queremos dirigir unas palabras a las personas que cuidan de los enfermos. Como católicos, tenemos la oportunidad de asumir esta tarea como un verdadero y muy importante apostolado. Sea que lo hagamos porque esa es nuestra profesión, porque “nos tocó” por razones familiares o por cualquier otra razón, estamos invitados a reconocerlo como un llamado del mismo Dios, al cual responder con todo amor y diligencia.
Quien cuida un enfermo lleva sobre sus hombros una gran responsabilidad, un dolor que a veces no tienen ocasión de manifestar y, con frecuencia, cuyo sacrificio pasa inadvertido.
San Juan Pablo II nos dice en la Carta Apostólica “Salvifici Doloris” (1984): “A lo largo de los siglos, la comunidad cristiana ha vuelto a copiar la parábola evangélica del buen Samaritano en la inmensa multitud de personas enfermas y que sufren, revelando y comunicando el amor de curación y consolación de Jesucristo. Precisamente ellos, médicos, enfermeros, voluntarios, están llamados a ser la imagen viva de Cristo y de su Iglesia en el amor a los enfermos.”
Los que estamos al cuidado de un enfermo, somos la imagen del mismo Cristo, el buen samaritano, para esa persona. Esto tiene que animarnos y, al mismo tiempo, hacernos tomar conciencia de la importancia vital que éste apostolado tiene, no solo en el aspecto externo y físico, sino en cuanto a la vida espiritual y la salvación, no solo del alma del enfermo y de quien lo cuida, sino de muchas otras personas por las cuáles ofrecemos la oración.
La Doctrina Social de la Iglesia nos dice: “La dignidad de todo hombre ante Dios es el fundamento de la dignidad del hombre ante los demás hombres” (144). Debemos tener presente en todo momento nuestra dignidad y cuidar también de nosotros mismos, así como nunca olvidar la dignidad del enfermo: aun después de la muerte, el cuerpo debe respetarse. En este sentido, nos damos cuenta que el enfermo es, para nosotros también, la imagen viva del Señor. Cristo es el buen samaritano, pero también es el hombre tirado en el camino, en éste caso, nuestro enfermo.
Debemos animarlo a orar, leer lecturas edificantes y, en el caso de enfermos cuya mente no está bien, podemos ofrecer sus dolores cómo si fuera él mismo quien los ofrece e interceder en su nombre por las misiones, convirtiéndolo en enfermo misionero.
Hermano y hermana: tu apostolado es de gran importancia para la misión y para toda la Iglesia, no te dejes vencer por la fatiga y el desaliento. La Iglesia te ofrece medios para tu fortalecimiento espiritual, como los sacramentos y la oración formal, las visitas al Santísimo, la devoción mariana, el acompañamiento espiritual, los medios de comunicación católicos. No te apoyes en tus propias fuerzas, confía en Dios. ¡Ánimo y con valor!

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