Caminar Punto de Vista

Remansos de sabiduría y amor

Remansos de sabiduría y amor
Jóse Nelsón Durón V.
Los remansos y los silencios solo pueden apreciarse en soledad y aquellos expresan sus mayores bondades cuando la soledad es acompañada por recuerdos agradables, especialmente en las personas acostumbradas a permanecer en ella. Las almas que gustan estar solas y en silencio para meditar, para interiorizar acontecimientos y para orar, con rapidez y de manera natural disfrutan el impacto emocional de una imagen que, por su quietud, escarba diligentemente en el baúl de los recuerdos en busca de remanentes agradables, embriagadores, plácidos y hasta seductores. No hay duda, el corazón se nutre de manera especial de evocaciones y reminiscencias.
Entre los mayores, que tanto han vivido, sus emociones no “caminan lerdo” y sus almas se abren espontáneamente al recuerdo haciendo brotar sus lágrimas con facilidad. En nuestros adultos mayores esos sentimientos vienen de momentos compartidos, mutuos y no necesariamente extraordinarios, pues afloran de la fuente común: la familia. Hemos celebrado el día de san Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos del Señor Jesús, en cuyo hogar, nos recordó el Papa Francisco, se gestó la Inmaculada Concepción de María. Su recuerdo y la meditación y comprensión de su participación en Misterio tan maravilloso, ciertamente debe revelarnos la importancia y significación de los abuelos en nuestra propia existencia.
Altísimo Señor Jesucristo, la sangre derramada para la salvación de todos los hombres santificó con una maravillosa antelación las venas y el cuerpo de nuestra Madre bendita, introduciéndose de manera inefable en las vidas de todos aquellos que le aman y “observan los mandamientos de Dios y guardan las declaraciones de Jesús” (Apocalipsis 12,17). Ayúdenos, Señor, a comprender misterio tan extraordinario y a dar a nuestros abuelos el privilegiado lugar que les corresponde en la familia, concediéndoles el derecho a continuar siendo baluartes sólidos de nuestra historia y a germinar en nuestras vidas cálidos espacios de recuerdos y de enseñanzas. Suavice, Señor, en ellos los dolores callados y los silencios agobiantes ante la pérdida de hijos, nietos y otros familiares por causa de la violencia; silencie sus gritos de impotencia y pueble sus almas con la gracia de la conformidad con la voluntad Divina y con la certeza de la amplitud eterna de la vida. Inspire en nosotros también, Señor, el deseo de aquella cercanía, descolorida por el olvido y descartada por la inserción de intereses aparentemente diferentes. Ellos, en el sentimiento grabado a fuerza de constancia, amor, sencillez y sabiduría en nuestras almas, aunque ahora viven aquellos momentos cuestionándose y valorándose, imprimieron en nosotros eternos valores morales y religiosos: “Porque tengo presente la sinceridad de tu fe, esa fe que tuvieron tu abuela Loida y tu madre Eunice, y estoy convencido que tú la tienes” (2 Tim 1,5)
Abraham Lincoln, con signos de egocentrismo y olvido de su familia, afirmó algo así: “No recuerdo a mis abuelos, pero más me interesa saber qué va a ser de su nieto”. Derribemos los graneros de nuestros intereses, amores ajenos, apegos y egoísmos y volvamos los ojos alrededor, donde uno o varios tesoros de sabiduría y de amor ya distribuido, involuntariamente relegados, guardan para nosotros cosas buenas. Preguntémonos si estamos dispuestos a hacer “las cosas ordinarias con un amor extraordinario”, como santa Madre Teresa de Calcuta, abrazando los mayores con amor revivido. Acompañemos a todos los mayores hondureños con nuestras oraciones y sigamos con la Madre Teresa afirmándole a todos: “¿Qué puedes hacer para promover la paz mundial? Ve a casa y ama a tu familia.”

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