Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

¿Por qué llorar?

¿Por qué llorar?
Diac. Carlos  E. Echeverría Coto
carloseduardiacono@gmail.com
Decían mis papás que hay que llorar, cuando vale la pena hacerlo. Aunque he leído que algunos lloran sin lágrimas, a la casi totalidad de nosotros se nos humedecen los ojos si de llorar se trata. He llegado a pensar que las lágrimas vienen a nuestros ojos por cualquiera de estas cinco razones: 1) Al sentir un dolor físico de cierta intensidad. 2) Cuando nos agobia una pena bastante fuerte. 3) Ante sentimientos intensos, en circunstancias tales como una emoción fuerte o una alegría intensa. 4) Por procesos fisiológicos, como cuando bostezamos. 5) Como reacción ante un agente externo, ya sea  alguna basurita en el ojo, o en contacto con gas lacrimógeno o por emanaciones de las cebollas.
Hay también todo un refranero popular y dichos sabios alrededor del llanto. “Los hombres no lloran” (Mentira anónima).  “Las lágrimas son la sangre del alma” (San Agustín).  “Ninguna persona merece tus lágrimas y quien se las merezca no te hará llorar” (G. García Márquez).  “Cada lágrima enseña a los mortales una verdad” (Platón). “Más lágrimas se derraman por las plegarias respondidas que por las no respondidas” (Santa Teresa).
El lunes pasado nos vino la noticia, ilustrada con las fotografías correspondientes, desde el Campus Santiago Apóstol de la Universidad Católica de Honduras, en Danlí: “La imagen de Nuestra Señora de la Paz estaba llorando”. Creerlo no es artículo de fe. Pero no creerlo podría llevarnos a negar la posibilidad de eventos fuera del orden natural de las cosas, por intervención divina. De hecho ya ha ocurrido otras veces y en varias partes del mundo. Lo importante no es presenciarlo o no; creerlo o no; aceptarlo como posible o no. Como nos ha enseñado Antoine de Saint Exupery “lo esencial es invisible a nuestros ojos”.
¿Qué podría haber detrás de este posible fenómeno? El padre Juan Ángel nos dijo algo fundamental: María Santísima goza de la divina presencia y no puede, por tanto, llorar de tristeza. Pero ante la eventualidad de que una imagen suya derrame lágrimas, habrá que buscar alguna razón que nos haga el asunto comprensible. El señor Cardenal nos da razones suficientes para interpretar este signo: debe haber tristeza ante tantas pruebas de que hacemos lo contrario al plan de Dios.
En lugar de acostumbrarnos a la barbarie y al pecado, dada su brutal frecuencia, también nosotros deberíamos de estar llorando y reaccionando con palabras y acciones que nos conquisten, más temprano que tarde,  algún consuelo.  Hay que afligirse profundamente cuando a diario se nos presenta el inventario de las matanzas más notables. Hay que afligirse cuando cada tanto se nos presentan nuevos casos de corrupción, sin que se hayan solventado aun los que llegaron a ser judicializados. Hay que afligirse por la violencia doméstica que desfigura rostros, lleva a cónyuges al borde de la muerte y roba infancia, amor, y alegría a tantos niños. Hay que afligirse cuando las escuelas ya no son seguras, al ser atacadas por las maras, el narcotráfico o el “bulling”. Hay que afligirse cuando en la misma academia se prefiere no mover trincheras en lugar de dialogar con altura y responsabilidad.  Hay que afligirse por las batallas intestinas en los partidos políticos y por los nubarrones que se ciernen, cada vez más ominosos, al acercarse un nuevo proceso electoral.
Amigo, ¿quieres llorar con ella?  ¿Quieres llorar conmigo porque no detenemos nuestro caminar hacia el abismo?  Lloremos, sí, pero ¡por favor, actuemos!.

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