Homilia

Homilía del Domingo 24 de Julio de 2016

Homilía del Señor Arzobispo para el XVII domingo del Tiempo Ordinario
“Señor, enséñanos a orar” (Lc. 11, 1-13)
Los discípulos ven a Jesús haciendo oración…  y eso,  despierta en ellos el deseo de la oración, entonces,  se dirigen a Jesús con estas palabras:”Señor, enséñanos a orar”. Jesús les dice:   “cuando oren digan: Padre”…  No les dice que digan Señor, ni Dios, ni Altísimo, ni Omnipotente como era la costumbre en la cultura judía sino que les dice:   “Ustedes, cuando oren,  digan: Padre, Abba”… Abba es  una palabra aramea que algunos especialistas dicen que se puede traducir por “papaito”, o “padre querido”… Es la palabra que los niños judíos utilizan para llamar a su padre cuando comienzan a hablar, pero nunca un judío utilizaba esa palabra para dirigirse a Dios. En tiempos de Jesús existían en Palestina dos lenguas: el hebreo, la lengua de la Biblia y de la Liturgia, y el arameo, la lengua del área familiar. Esto es una gran novedad. “Abba” expresa una confianza ilimitada, una proximidad y una ternura inimaginable. Es la relación que Jesús vive con el Padre y que nos invita a vivir también a nosotros. La vivencia del “Abba” constituye el núcleo más íntimo de Jesús.
Por primera vez,  hay alguien que se dirige a Dios con una confianza absoluta (Abba).  Jesús introduce en la relación del ser humano  con Dios,  un cambio profundo… Todas las religiones,  incluyendo la judía, rezan a un Dios lejano, al que tratan de “aplacar”…  Jesús, en cambio,  en esta oración,  nos revela que Dios es Padre…. “Digan: Padre” (Abba).
Nuestra cultura moderna está impregnada de un sentimiento de orfandad. Sí, tenemos, a veces, la sensación de sentirnos  huérfanos, no tenemos una referencia que nos dé seguridad…. Realmente hay una ausencia y una nostalgia del padre. En la modernidad se afirmó que había que “matar al padre” (Freud) para que el hombre viviese. En el occidente rico se fue impulsando una sociedad cerrada sobre sí misma, sin trascendencia, sin Misterio, sin Dios… Se nos enseñó que veníamos de los antropoides y que íbamos hacia la nada…. Jesús, en el Evangelio de hoy, nos revela que no estamos solos en esta tierra,  ni perdidos en nuestra vida, que no somos fruto del azar,  que el misterio último de nuestra vida es Alguien, Alguien próximo, que es amor y ternura, a quien podemos confiar nuestra vida, a quien podemos invocar como Padre (Abba).
¿Qué quiere decir Padre en nuestra vida cotidiana? Quiere decir que nunca estamos  perdidos, a merced de las fuerzas de la naturaleza. Tenemos a quien recurrir, tenemos un origen fuera del tiempo y del espacio… Por consiguiente, queda vencido el nihilismo de nuestro tiempo; en nuestro interior, la angustia puede transformarse en confianza, el odio en amor y  comunión. Podemos experimentar con fuerza cada día,  que es bueno vivir, que vivir es gracia, que vivir es un regalo, es una bendición.
Con Jesús, también nosotros podemos balbucear: “Abba, Padre”, palabra de una infinita ternura infantil, de una confianza absoluta en Dios.
Después el Evangelio  pone de relieve varias  peticiones: “Santificado sea tu nombre”. Que el nombre de Dios, es decir, su misterio insondable, su amor y su fuerza salvadora, se manifiesten en nuestra vida. Y también, que sean muchos los que te llamen con ese nombre de padre y de esa manera nos vayamos viviendo como hijos e hijas…
“Venga tu Reino”.  La petición de que venga el reino es la verdadera petición del padrenuestro. Que no reinen en nuestro mundo la violencia y el odio destructor. Que reine tu amor y tu justicia. Es decir, que se abran caminos a la paz, al perdón y a la verdadera liberación humana.
“Danos cada día tu pan del mañana…  Quiere decir,  danos lo que necesitamos para vivir hoy;  el pan representa lo que sustenta la vida, el pan de cada día es lo que hoy necesitamos para vivir; tenemos que aprender a vivir el hoy, a vivir el presente sin agobiarnos por el futuro; tenemos que aprender a decir:”Danos cada día tu pan del mañana”. El pan y todos lo que necesitamos para vivir de manera digna, no sólo los del Primer Mundo, sino todos los seres humanos.
“Perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo”.  Nuestro mundo necesita el perdón de Dios. Nosotros también necesitamos vivir pidiendo perdón y perdonando. Sólo quien renuncia a la venganza y al rencor desde una actitud abierta de perdón, puede hacerse cada día más humano.
Y no nos dejes caer en la tentación”.   No se trata de las pequeñas tentaciones de cada día, sino de la gran tentación de abandonar a Dios, olvidando el Evangelio de Jesús y siguiendo un camino equivocado.  También  quiere decir,  no nos dejes ceder en los momentos de dificultad, los momentos de desaliento, los momentos de oscuridad que todos atravesamos en la vida.
Después, Jesús propone una parábola, en que compara  a  Dios  con un amigo a quien se puede acudir y pedir de noche con insistencia, con libertad, con confianza. “Supongamos que uno de ustedes tiene un amigo y acude a él a medianoche para decirle: Amigo, préstame tres panes,”…En Palestina se viaja con frecuencia de noche, porque durante la noche hace fresco. Cada día, antes de la salida del sol, la mujer cuece el pan  para el consumo del día; por eso no hay allí panaderías. Tres panes son la comida para una persona.
Con esta parábola Jesús concluye invitando a pedir, buscar y escuchar: “Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá”… Esos tres verbos designan el movimiento de la oración impregnado de confianza.
Jesús termina poniendo un ejemplo de la vida cotidiana… “¿Qué padre entre ustedes, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra¿ ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente?… ¡Cuánto más nuestro Padre Celestial, le dará   el Espíritu Santo a los que se lo piden! Sí,  Dios nos  dará su  Espíritu Santo, su fuerza, su Aliento de vida a los que se lo pidamos…
En este Evangelio necesitamos aprender, como los primeros discípulos, la oración de Jesús. A nosotros se nos está olvidando lo que es orar, estamos perdiendo la capacidad de silencio y de encuentro sincero con nosotros mismos y con Dios. Y sin embargo, necesitamos orar.  No es posible vivir la fe cristiana y la vocación humana subalimentados interiormente. Tarde o temprano experimentamos la insatisfacción, el vacío interior, el aburrimiento de la vida y la incomunicación con el Misterio.
El Evangelio de hoy nos invita a tomar tiempo para la oración.  Nuestra oración hoy podía ser: Señor Jesús,  Tú que rezabas al Padre, ayúdanos a reconocer su Presencia en nuestra vida. Que tu Espíritu nos restaure interiormente.

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