Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

¿Cuándo vamos a crecer?

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Diac. Carlos  E. Echeverría Coto
carloseduardiacono@gmail.com
“¡Mamá, yo no quiero crecer!”, me cuentan los padres que dijo su hija menor; lo que, nos hizo gracia a todos.  Pero, ¿por qué lo habrá dicho?  Muy probablemente se encontraba muy a gusto, muy feliz, siendo atendida por todos y dedicada a jugar, su actividad favorita. Así nos pasa casi siempre cuando estamos instalados y nos sentimos confortables o felices.  Lo mismo le pasó a Pedro, cuando la Transfiguración: -“Señor, hagamos tres tiendas…”.  ¡Se quería quedar!
Tengamos o no tengamos razón, se comprende que el ser humano desee prologar una condición de bienestar.  Lo que no se vale es negarse a cambiar por pereza, por desidia, por temor a lo desconocido. En este caso esta actitud podría volverse contra nosotros mismos.  –“De acuerdo, algunos no cambian para mejorar”.  Convengamos que hay quienes cambian “para atrás”: de bueno a regular, de regular a malo, o de malo a peor. Pero de igual manera podemos cambiar progresivamente. Todos podemos hacerlo mejor, o hacer más.
La sabiduría bíblica, pese a hablar poco de la infancia de Jesús, expresa “El niño crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).  O sea que hay que crecer en todos los órdenes o dimensiones. Si hoy entendemos que el ser humano es “un ser bio-socio-racio-psico-espiritual”, nuestro crecimiento debe ser de naturaleza física, social, intelectual, afectiva y espiritual.
Se dan casos, no obstante, en que gente mayor en edad y de cuerpo grande, preparados también profesionalmente, no desarrollaron sus sentimientos o sus afectos, y se comportan como niños grandotes, con una inmadurez preocupante. Todos tenemos el derecho y el deber de desarrollarnos multidimensionalmente. Tal desarrollo repercute favorablemente en la familia, el trabajo y la sociedad. Lo bueno del asunto es que no hay un límite infranqueable.
Podría detenerme en lo perjudicial para la persona y la sociedad la equivocada postura de pensar que ya no necesito progresar más como estudiante o como profesional, o que ya no puedo intentar ser mejor padre de familia, o mejor esposa o mejor marido. Pero no lo voy a hacer, al menos por hoy.
Quiero que ustedes y yo cobremos conciencia del enanismo espiritual en que se estancan quienes piensan que, después del catecismo de primera comunión o – a los sumo- de las catequesis para la Confirmación- ya no hay nada más que aprender en términos de conocimientos bíblicos, prácticas religiosas, o valores cristianos. Nos acomodamos, nos apoltronamos en la mediocridad, la tibieza, y en la conciencia adormecida. En cierta ocasión escuché al Sr. Cardenal Rodríguez Maradiaga comparar a esta gente “satisfecha”, con los bonsái, arboles enanos, muy hermosos, pero que no dan fruto.
Sacudámonos; decidámonos a seguir creciendo.  Puede que nos ayude este pensamiento del Papa Francisco: “Es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo”. O quizá este otro: “La realidad puede cambiar; el hombre puede cambiar”.

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