Buenas Nuevas

“¿Quién de los tres…?”

p7tonySalinasAl encuentro de  la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
“¿Quién de los tres…?”
(Lc 10,25-37 – XV Domingo del Tiempo Ordinario)
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
Nos encontramos hoy en una hermosa parábola de Jesús sobre la misericordia, recogida por Lucas. En ella no más de cien palabras griegas (incluidos los artículos y las partículas) logran un cuadro inolvidable. Un anónimo viajero solitario está recorriendo el camino romano de 27 kilómetros que de la ciudad santa conduce al espléndido oasis de Jericó. Camino que era peligroso, porque era atravesado por el valle de Wadi Qelt. Mientras que Jerusalén está a 750 metros de altura, Jericó está a 400 metros bajo el nivel del mar. Esta parábola es una de las más provocadoras por parte de Jesús, el anonimato de los personajes es ya costumbre de esta forma de hablar. La atención del Maestro está puesta en la identidad religiosa y étnica.
No por casualidad los elegidos son tres sujetos que, desde perspectivas diversas, están implicados en el culto al único Dios: un sacerdote que sube a Jerusalén para su servicio en el templo; un levita que pertenece a la clase sacerdotal, pero puede no ejercer su servicio en el culto; y un samaritano. Y aquí empiezan a no cuadrar las cosas, porque la tríada normal comprendería a un sacerdote, un levita y un israelita (Dt 18,1; 27,9).
El samaritano es el tercero en discordia y disonancia para el buen oído religioso y cultural.  Y, lo es porque según la mentalidad judía, es un impuro, que debe ser considerado como extranjero. Por otro lado, según la Ley de Moisés, cualquiera que toque un “cadáver” queda impuro por una semana; si contamina y cumple un acto de culto, debe ser expulsado de Israel (Nm 19,11-13). La norma tenía mayor peso para el sacerdote, incluso en el caso que el difunto sea un pariente (Lv 21,1-4). Así Jesús ha elegido una situación límite, donde el sacerdote y el levita son puestos ante la alternativa entre la observancia de las reglas de pureza cultual y el auxilio oportuno ante el moribundo. Cómo hemos leído, en la parábola tanto el sacerdote y el levita vieron al moribundo y se fueron: “Pasó más allá de la otra parte”, refiere el evangelista, usando el verbo antiparelthen, manera plástica para representar el giro que dieron los dos alrededor de ese cuerpo torturado con la repugnancia (psicológica y ritual, por no quererse ver impuros al contacto con el muerto o el herido) de quien, entonces quieren alejarse rápidamente.
En cambio, los gestos que hace el samaritano (el extranjero y enemigo), están descritos con ternura, aunque es el representante de una raza mixta y herética, profundamente despreciada por los hebreos. Estamos aquí en la cumbre de la escena “sintió compasión” (v.33); tanta fue que al final el doctor de la Ley reconoce que el prójimo es “quien ha practicado la misericordia con el moribundo” (v.37). Vale la pena detenerse en el verbo que expresa la compasión del samaritano. El verbo “compadecer” (splagchnízomai) deriva del sustantivo splágchna, que en griego, se refiere a las vísceras humanas, incluido el corazón. Según la manera común y corriente de pensar en los tiempos de Jesús, con las vísceras se expresan los propios sentimientos: el amor, la compasión y la misericordia. Con la parábola, comprendemos que la verdadera misericordia, no es un sentimiento lastimero, ésta es una acción que produce el cuidado, el sacrificio a favor del otro. La verdadera misericordia por el necesitado, está comprometida con el bien y siempre es victoriosa, a pesar de la pérdida de tiempo y de dinero que pueda generar.

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