Punto de Vista Reflexión

Las revoluciones de este mundo

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P. Juan Ángel López Padilla
Esta semana conmemoramos el 227 aniversario de la Revolución Francesa, además de los 47 años de la guerra con los motivos más absurdos, de la que hayamos tenido noticia: la guerra entre Honduras y El Salvador.
Ambos acontecimientos, son lecciones de la historia que es inútil pretender desechar. Es decir, necesitamos aprender de ellas para no repetir errores.
Supongo que alguno ya pensó en ¿desde cuando la Revolución Francesa fue un error? Pues lo fue desde el punto de vista de lo que la provocó. Podría pasarme escribiendo un buen rato sobre las causas de la Revolución, pero a mi modo de ver como historiador católico, el elemento más lamentable y que generará tanto dolor a la Iglesia, fue justamente ese “matrimonio” que se dio entre la iglesia y el estado. Claro que no podemos juzgar lo que pasó en esa época de una manera absolutamente objetiva, porque como dice el refrán: “si mi abuelita no estuviera muerta, estaría viva.”
Sin embargo, las lecciones aunque dolorosas, se deben aprender. Fueron cerca de 20 mil los mártires de aquel maridaje. Aunque admito que son cifras demasiado conservadoras.
Cada vez que algunos de los hijos de la Iglesia, a nombre de ella, han tomado en la historia partido por un lado u otro del corredor político, siempre termina dándose un sufrimiento atroz. La Iglesia opina sobre política porque vive en un mundo concreto y el evangelio no es una doctrina, es un modo de vida. La Iglesia es formadora de conciencia y además es maestra de humanidad, pero, no está llamada, como institución a cerrar filas en una corriente político-partidista. Si hay sacerdotes que participan en algún espacio de diálogo, de comisiones o demás lo hacen siempre como promotores de una verdad que no se encajona en la gaveta de un despacho, ni presidencial ni ministerial ni sindical, ni nada. De hecho, es de admirar a los que cumplen esa misión, por lo difícil que en muchas ocasiones resulta mantener un equilibrio prudente.
Por eso, esta conmemoración del aniversario de la Toma de la Bastilla aunque tan supremamente idealizado y poetizado por los que han usado y usarán siempre al pueblo como “carne de cañón”, me obliga a repasar esa página de la historia, con mucho respeto. Los valores promovidos están muy lejos de cumplirse.
En libertad pareciera que todo mundo quiere vivir, pero la han entendido tan mal porque libre no es el que hace lo que quiere, sino el que hace lo que debe; y lo que debe hacer, es aquello que le hace mejor ser humano y contribuye a que otros lo sean.
De igualdad, ya vemos todas sus consecuencias y sus abusos a diario. Nos ha llevado a entender que todo es un asunto de derechos, que se reclaman, se imponen. Lo peor es que se le quiere llamar igualdad a una serie de abusos contra la misma humanidad.
Y al final del camino, pasa un año más del aniversario del nacimiento de lo que será el primer estado moderno, pero seguimos sin alcanzar el mayor de los valores de aquella revolución: la fraternidad.
De este valor, la Iglesia debe ser experta y en eso consiste ser creyente: saber ser hermano, saberse hacerse prójimo. Acercarse, compadecerse, sanar, cargar y cuidar.

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