Homilia

Homilía del Domingo 10 de Julio de 2016

p3homiliaHomilía del Señor Arzobispo para el XV Domingo del Tiempo Ordinario
“¿Quién es mi prójimo?” LC 10,25-37
Si quisiéramos poner nombre a los domingos, este lo tendríamos que llamar “el domingo del buen samaritano”, porque es el mensaje que nos transmite su evangelio. El camino del cristiano -copia del de Jesús en su “subida” a Jerusalén- se describe hoy con una de las características del mensaje de Lucas: la misericordia.
También es característica de hoy que iniciamos la lectura de la carta a los Colosenses, que durará cuatro domingos seguidos.
El Deuteronomio es el último de los cinco libros del Pentateuco: su nombre significa “segunda ley” y es como el testamento de Moisés. Cuando están a punto de entrar en la tierra prometida, Moisés invita a su pueblo a cumplir la Alianza que habían pactado con Yahvé al comienzo de su travesía por el desierto.
Dios, a través de su siervo Moisés, había transmitido al pueblo unas normas de vida, una “ley”, que aquí se afirma que está muy cercana a su vida y a su comprensión: “el mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca”. Lo que hace falta es sólo una cosa: “¡cúmplelo!”.
Esta carta la escribió Pablo hacia el año 63, desde la cárcel de Roma, a los cristianos de Colosas, a unos doscientos kilómetros de Éfeso, en la actual Turquía, una comunidad que no había fundado él y que no conocía.
Pero sabía que tenían problemas en la comprensión de Cristo, o sea, en la cristología, y a eso dedica su carta, una de las más densas. Se ve muy bien leyendo los “títulos” que el Leccionario antepone a los cuatro pasajes que iremos leyendo: el de hoy, “todo fue creado por él y para él”.
La página de hoy es un himno cristológico (que repetimos en Vísperas cada miércoles): a Jesús se le presenta como imagen de Dios, primogénito de toda la creación, todo ha sido creado por medio de él y para él, es cabeza del cuerpo que es la Iglesia, el primero en todo, en él está la plenitud de todo y por él se ha llevado a cabo la reconciliación entre Dios y la humanidad.
Jesús, en el diálogo con el letrado que le pregunta sobre el camino de la salvación -la pregunta principal que nos podemos hacer: ¿cómo salvarnos?-, lo primero que hace es alabar la ley antigua: “¿qué está escrito en la ley?… bien dicho: haz esto y tendrás la vida”. El pasaje de la ley que cita el letrado es bien central: “amarás al Señor tu Dios… y al prójimo como a ti mismo”.
Pero luego, ante la nueva pregunta del letrado, Jesús le propone la parábola del buen samaritano, que sólo Lucas nos transmite, y que muestra cómo la nueva ley, la de Jesús, es bastante más exigente que la antigua. El samaritano, precisamente un extranjero, sí sabe cuidar del malherido del camino.
Moisés, en la lectura, asegura al pueblo que, para cumplir la voluntad de Dios y seguir su Alianza, no es nada complicado el camino: la ley de Dios la tenemos “muy cerca: en el corazón y en la boca”. A nosotros, cristianos, todavía se nos ha acercado más esta palabra viva de Dios en Cristo Jesús.
En cada Eucaristía nos miramos a su espejo para ir copiando las actitudes de la vida de Cristo. Hoy, el amor al prójimo.
Tal vez a ellos, y a nosotros, nos hubiera gustado tener la excusa de que el plan de Dios es complicado o misterioso. Hubiéramos preferido que fuera “inalcanzable” o que tuviéramos que subir al cielo o surcar los mares para enterarnos de ese plan. Pero resulta que lo que Dios quiere de nosotros es muy sencillo. Lo que pasa es que hay que llevarlo a la práctica: “cúmplelo”.
Por ejemplo, el resumen que el letrado interlocutor de Jesús hace de la ley es muy sencillo: “amarás al Señor tu Dios, y al prójimo como a ti mismo”.
Estas expresiones -”amar a Dios… amar al prójimo como a ti mismo”- las tendríamos que “descongelar”, porque, de tanto repetirlas, parece como si perdieran fuerza y acabamos por no creernos lo que decimos. Jesús nos propone un programa totalmente positivo: ¡amar!
Para Jesús esa ley de Moisés ya era buena: “bien dicho: haz esto y tendrás la vida”. Pero él la completa y la lleva a plenitud.
Si Jesús pudo predicar la parábola y presentar un modelo tan elevado de amor fraterno es porque él mismo, en su vida, lo cumplía perfectamente. El auténtico buen samaritano es él, que atendía a todos, sobre todo a los pobres y marginados, tenía tiempo para todos, escuchaba, consolaba, curaba, perdonaba y nunca pasaba al lado de alguien a quien veía sufrir sin detenerse, y llegó hasta a renunciar a su propia vida para salvar a la humanidad.
La de hoy es una de esas páginas que tienen el inconveniente de que se entienden demasiado (¿era mejor en latín?) y que nos interpela vivamente a todos: incluido el clero, que no queda nada bien. A Jesús se le nota la tendencia a denunciar la poca coherencia en su vida de los “oficialmente buenos”.
¿En cuál de los personajes que pasan junto al herido nos vemos retratados cada uno de nosotros? ¿En los que pasan de largo, dando un rodeo, porque seguramente tienen cosas muy importantes que hacer? ¿o en el que se toma la molestia de gastar tiempo y dinero atendiendo a uno que ni siquiera conocía?
Es una llamada a unir el mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo (“el próximo”, el más cercano). El hermano, sobre todo ese que está sufriendo, víctima de tantas violencias, o de los fracasos de la vida, un anciano que se siente solo, un joven que no encuentra trabajo, un hijo o una hija en edad difícil o con problemas, un enfermo a quien nadie visita, un emigrante a quien nadie le ayuda a arreglar sus papeles… son un signo, un “sacramento” de Dios en nuestra vida.
Pero resulta que, según Jesús, esa va a ser la “evaluación” o el examen que se nos hará al final: “me disteis de comer… me visitasteis…”.
El que queda bien, en la parábola inventada por Jesús, es precisamente un samaritano: despreciado por los judíos, uno de los que el domingo pasado leíamos que no le quisieron recibir a él y a sus discípulos en su camino hacia Jerusalén (se ve que allí, como en todas partes, hay samaritanos buenos y otros no tan buenos).
El buen hombre se muestra muy concreto en su caridad: lo vio, le dio lástima, se acercó, le vendó, le montó en su cabalgadura, lo cuidó, pagó por él, prometió volver a visitarle… No hacen falta muchas explicaciones para entender la lección de Cristo. Tanto si se trata de la ayuda entre las naciones ricas y pobres, o entre patronos y obreros, o entre gentes de diferente raza, o entre nativos y emigrantes, o entre cristianos y creyentes de otras religiones.
La Palabra de Dios que escuchamos no debe quedar en teorías. La  lectura terminaba: “el mandamiento está muy cerca de ti… cúmplelo”. La parábola de Jesús, igual: “anda y haz tú lo mismo”.
En la Eucaristía, antes de ir comulgar con Cristo (unión “vertical”), somos invitados a darnos el gesto simbólico de la paz con los más cercanos (unión “horizontal”). Es un recordatorio sencillo pero comprometedor: no podemos ir a decir “amén” a Cristo si no estamos en una actitud interior de comunión con el hermano. Los vecinos a los que les damos la mano o el abrazo son los representantes de todos aquellos con los que entraremos en contacto en la vida. El gesto no es un signo de lo bien que van las cosas -¡ojalá!- sino de la fraternidad que queremos y nos comprometemos a construir.

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