Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Familia de rodilla

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AmorisLaetitia/12
Diac. Carlos  E. Echeverría Coto
carloseduardiacono@gmail.com
La sabiduría popular acuñó el dicho que “nunca nadie es más grande que cuando está de rodillas”,  lo que en buen romance significa que nos engrandecemos cada vez que entramos en contacto con Dios, mediante la oración.
En su exhortación “Amoris Laetitia” (La Alegría del Amor). Su Santidad Francisco dedica una reflexión final a la espiritualidad matrimonial y familiar. Al respecto encontramos una triple argumentación. La primera es que el vínculo de los esposos debe ser reflejo del vínculo indisoluble que existe entre las tres divinas personas. “Siempre hemos hablado de la inhabitación divina en el corazón de la persona que vive en gracia. Hoy podemos decir también que la Trinidad está presente en el templo de la comunión matrimonial. Así como habita en la alabanza de su pueblo (cf. Salmo 22), vive íntimamente en el amor conyugal que le da gloria” (AL 314).
En segundo lugar, es evidente  que la oración en familia hace presente a diario el amor de Dios, nos acostumbramos a hablar de Él y con Él, por lo que más difícilmente entrarán a ese hogar los valores contrarios al Evangelio. La familia que así se comporta en el diario vivir, con sencillez, sin estridencias, emprende un camino que con propiedad hay que llamar de comunión y de santificación. “Una comunión familiar bien vivida es un verdadero camino de santificación en la vida ordinaria y de crecimiento místico, un medio para la unión íntima con Dios” (AL 316).
La tercera argumentación nos recuerda que, por mucho que los esposos, y con ellos el resto de la familia, se amen entrañablemente y sean felices al tenerse recíprocamente, se descubre que el otro no nos pertenece del todo, no sólo por la personalidad que le es propia, sino porque cada uno le pertenece a alguien superior, único capaz de llenarnos a plenitud y saciar todos nuestros anhelos y aspiraciones. “Nadie más puede pretender tomar posesión de la intimidad más personal y secreta del ser amado, y sólo Él puede ocupar el centro de su vida” (AL 320).
Vivir en armonía familiar, bien lo sabemos, no siempre es fácil. A las diferencias pequeñas o grandes que puedan tener los esposos se suman las desaveniencias internas que pudieran darse entre los hijos, o las presiones externas del entorno o de la vida en sociedades que quieren excluir a Dios de sus vidas. Lo que también sabemos, por experiencia, es que las dificultades y  los problemas son más llevaderos cuando hemos incluido a Dios en la vida de nuestra familia.
Escuchemos y atendamos la invitación final de nuestro querido Papa Francisco: “Caminemos familias, sigamos caminando. Lo que se nos promete es siempre más. No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud del amor y comunión que se nos ha prometido” (AL 325).

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