Punto de Vista Reflexión

¿El fin de la globalización?

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P. Juan Ángel López Padilla
Nuestro mundo corre vertiginosamente hacia una nueva oleada de nacionalismos, de racismos, de intolerancia. Es increíble como en todos los países, del llamado primer mundo, está creciendo despiadadamente un sentimiento de rechazo a todo, a todos, los que son considerados una amenaza.
Se identifica como enemigos, no tanto a los que no piensan como nosotros sino a aquellos que ponen en riesgo unos valores, que realmente sólo existen en el tintero. Se habla de identidad, cuando en la práctica no se tiene claro ni siquiera lo que se define como tal. La amnesia social es una enfermedad que padecen aquellos que leen de la historia, sólo lo que les conviene.
Si nos detenemos a analizar, lo que ha ocurrido en días recientes en el Reino Unido, lo que se vive en el Medio Oriente o bien las acaloradas discusiones que se han desarrollado en el Parlamento Europeo, descubriremos como se van decantando las cosas en nuestro mundo.
¡Tanto odio! ¡Tanta violencia! No hay semana en la que no nos enteremos de crímenes atroces, atentados, masacres. Pero, el gran problema es que estos ataques como el del aeropuerto de Estambul, son notorios por la cantidad de los muertos que provoca, pero, son millones de pequeños actos de odio que se desarrollan en el mundo entero y que anteceden a todas estas desgracias. Nuestro mundo ha aprendido a globalizar el odio, no el amor.
Seamos honestos: no sirve de nada predicar el amor, sino lo practicamos. No podemos pretender que no nos afectan los resultados de las elecciones del Brexit o los discursos de un individuo como, el prácticamente candidato a la presidencia de los Estados Unidos por el partido Republicano. No nos engañemos, estamos ante el renacimiento de odios que provocaron grandes guerras en el pasado.
No son unos cuantos los refugiados, las personas movilizadas por culpa de la guerra, del hambre, de la violencia generalizada. Son millones de personas. Nunca en la historia de la humanidad ha habido tantas personas que viven en lugares a los que no pueden llamar patria o casa.
Lo que la globalización, sobre todo de las comunicaciones, ha logrado, es envolvernos en un mundo de conexiones tales que es inútil pretender vivir aislados. De hecho, el mayor error de los expertos, que tenemos en nuestro patio, es ahogarse en la caricatura de una serie de políticas que a los ojos del mundo nos sitúan como un país incapaz de resolver sus propios problemas porque seguimos mordiéndonos los unos a los otros.
La Iglesia siempre ha llamado, a todos, a superar esas mezquinas concepciones que impiden que nos veamos como hermanos. No puede ser el dinero ni las políticas simplistas ni los nacionalismos; los que lograrán evitar que este caldo de cultivo produzca más dolor y muerte. ¿Cuándo lograremos entender que se está únicamente globalizando capitales que nunca tendrán alma? La tecnología, la llamada tecnocracia, no puede lograr la felicidad del hombre, podrá facilitar un cierto tipo de comunicación pero al mismo tiempo se ha vuelto una ventana para propagar el odio, para descargar todo el rencor que se lleva dentro.
Hay que globalizar el valor de la familia, de la vida, de la reconciliación, del diálogo. Sin Dios, no se puede realmente más que globalizar diferencias y desaciertos.

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