Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Educando a los hijos

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Educando a los hijos
AmorisLaetitia/10
Diac. Carlos Eduardo  
carloseduardiacono@gmail.com
La casa o domicilio de los esposos debe ser hogar desde el principio. La Real Academia de la Lengua nos ilustra explicando que “hogar”, etimológicamente, se refiere al sitio donde se hace la lumbre en las cocinas. Estar en el hogar viene siendo tanto como estar alcalor del fogón. Lo que se me antoja muy grato en los climas templados y fríos. De este escenario acogedor, el diccionario define que hogar ha pasado a significar: “familia, grupo de personas que viven juntas”. He respetado siempre a la Academia, pero me parece mala definición. Habría que haber dicho: “lugar donde la familia convive”, pues vivir juntos no es lo mismo que convivir y hay demasiados miembros en muchas familias que no conviven, sino que viven yuxtapuestos, desarrollando su vida en paralelo.
El hogar (y no sólo la casa) parece adquirir pleno significado cuando vienen los hijos. Es el nido donde uno va creciendo y lo van criando; sitio en el que merecemos sentirnos seguros, acogidos, amados, respetados. El hogar es el sitio ideal para aprender lo primero que hay que saber y, por supuesto, las cosas más importantes para la vida.
El Papa espera que en el hogar los hijos vayan aprendiendo a decir cosas tan básicas como: “con permiso, por favor, gracias, perdón”.  Y esto será posible si en la casa se enseña lo que es el amor, la fe, la moral, el respeto, la solidaridad, la alegría, la sana sexualidad, el sentido del deber, la responsabilidad y los mejores valores de nuestra sociedad (Cf. AL 259-290).
El hogar es el sitio donde conviven en armoniosa complicidad la libertad y la autoridad. Una de las maneras más torpes de pensar es ver estos conceptos como contrapuestos. Me gusta definir la libertad como “la capacidad, el poder, el derecho y el deber de autodeterminación” y la libertad como “la capacidad, el poder, el derecho y el deber de determinar por otro”. O sea que libertad y autoridad, lejos de ser opuestos, son complementarios. La autoridad está al servicio de la libertad, cuando ésta, por no poseerse la plena capacidad, o el pleno poder, no puede ejercerse.
Toca pues a los padres el deber de educar a los hijos. No de maleducar, atendiendo toda clase de gustos y caprichos. Al respecto, escribe el Papa Francisco: “La libertad es algo grandioso, pero podemos echarla a perder. La educación moral es un cultivo de la libertad a través de propuestas, motivaciones, aplicaciones prácticas, estímulos, premios, ejemplos, modelos símbolos, reflexiones, exhortaciones, revisiones del modo de actuar y diálogos que ayuden a las personas a desarrollar esos principios interiores estables que mueven a obrar espontáneamente el bien”(AL 267).  Y recordemos que en el capítulo segundo ya había dicho algo dedicado a los pastores, que puede ser dicho perfectamente también a los padres: “Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37).
Educar a un hijo es tanto como ayudarle a formar su conciencia, con la estrategia de justo medio, es decir, sin autoritarismo (mediante imposiciones, sin explicar, “porque aquí mando yo y punto”) y sin ausentismo (creyendo en psicopedagogías mediocres que pretender dejar hacer, dejar pasar, para que el nene no se frustre). A cumplir pues con nuestro deber, pidiendo ayuda profesional o de familiares expertos y suplicándola siempre de parte de Dios, el Padre por excelencia.

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