Punto de Vista Reflexión

Las protestas

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Las protestas
P. Juan Ángel López Padilla
Son incontables las ocasiones que viendo las movilizaciones, manifestaciones o protestas; por la razón que sea, que ellas tengan como origen, me pregunto si ¿nosotros los católicos estaremos tan involucrados en la transformación de nuestra sociedad? No se trata de saber si hay gente bautizada en la iglesia entre los manifestantes, sino de saber si los que participan se consideran a sí mismos personas que creen lo que enseña la Iglesia.
Se preguntarán ¿de dónde me viene este cuestionamiento? Resulta ser que en los últimos meses he dedicado una parte de mi tiempo en “postear”, como llaman al acto de “subir” información a las redes sociales, algunas meditaciones y reflexiones. Realmente no me imaginé que tendría tantas personas que considerarían, dichas reflexiones, como dignas incluso de ser compartidas. Realmente, el poder de las redes sociales es muy grande y aunque existan miles de precauciones que se deben tomar, la verdad es que no hay que negar que se trata de una herramienta que también puede servir para la evangelización.
En fin, el asunto es que leyendo algunas de las cosas que ahí se publican, me encontré con reacciones de jóvenes universitarios, que se dicen miembros de grupos juveniles en distintas parroquias de la ciudad, que participaron en algunas de las protestas en el Campus Universitario de la UNAH, contra una serie de medidas académicas que se han implementado en dicha casa de estudios superiores. No me toca a mí opinar si dichas medidas son correctas o no, eso podremos analizarlo más adelante. Lo que a mí me cuestiona es el lenguaje y las acciones de algunos muchachos.
Es innegable que tenemos derecho a protestar y hacer sentir nuestra voz, cuando consideramos que se nos está conculcando un derecho o cuando se considera que se ha cometido una injusticia. El asunto está en ¿cómo hacer sentir mi descontento?
Por principio estoy opuesto a cualquier tipo de violencia y no creo que nada justifica la ofensa o la agresión. Existe, claro la legítima defensa, pero cuando me alegro del mal ajeno y anuncio con “bombos y platillos” que mi plan es “hacer sufrir”, “apedrear” o “quemar” bienes o personas; eso está lejos del evangelio que llama bienaventurados a los que “trabajan por la paz” o a los “misericordiosos”.
En el pasado, sobre todo con los que han marchado contra el “golpe de estado” o bien con los de las marchas “de las antorchas”, cuando he visto a personas que sé son miembros activos en la vida de la Iglesia, me he cuestionado sobre lo mismo.
Nada malo en que se manifiesten, si en conciencia consideran que deben hacerlo, pero debemos tenerle mucho cuidado a las pasiones descontroladas y también ser capaces de cuestionar los intereses que nos motivan. Nunca estará justificado pretender que llenando de odio nuestro mundo, alcanzaremos a solucionar algo. La violencia, engendra más violencia; y claro, tanto o más son violentas las autoridades que se niegan a dialogar, que se niegan a escuchar por capricho; como aquellos que radicalizan sus posiciones sirviendo a intereses que muchas veces tienen en miras crear un caos, por el simple prurito de desestabilizarlo todo.
Al final del día, esta seguirá siendo nuestra casa y, ni la indiferencia pero tampoco la violencia, sino el sentido común y el respeto de las ideas ajenas, es lo que nos sacará adelante.

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