Homilia

Homilía del Domingo 12 de Junio de 2016

p3homiliaHomilía del Señor Arzobispo para el XI Domingo del Tiempo Ordinario
“Tus pecados están perdonados… tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lc 7, 36- 50)
Estas palabras de Jesús a la mujer pecadora son la expresión de la infinita compasión de Dios hacia los pescadores que se manifiesta en el rostro de Jesús: Dios es amor, perdón y misericordia.
“Una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo vino con un frasco de perfume…”. La mujer se enteró de que Jesús iba a comer a casa del fariseo e irrumpió en la comida con un frasco de perfume. Al obrar así, la mujer demuestra que tiene una gran valentía. Posiblemente ya había tenido algún contacto con el Nazareno.  En el corazón de aquella mujer se había despertado  el sentimiento de admiración por aquel Maestro que transmitía un mensaje de vida y esperanza. Por eso, se atreve a acercase a El, porque intuye el Misterio que encierra este Hombre.
El evangelista anota que la mujer  “vino con un frasco de perfume”.  El “perfume” con el que unge los pies de Jesús es la expresión del amor gratuito. Necesitamos que  nuestro amor sea también gratuito como el perfume de esta mujer que derrama hasta la última gota sobre los pies de Jesús.  Lo que lleva a cabo esta mujer es un gesto de amor  desbordante. La “unción de la mujer” supone una expresión física de mucha proximidad y es la manera apropiada de transmitir lo que siente.  La mujer  toca los pies de Jesús con sus manos…
“Se los enjugaba con sus cabellos”, hay que poner de relieve el impacto erótico de este gesto. La mujer judía siempre llevaba un velo en la cabeza, solamente las prostitutas se soltaban su cabellera para seducir a sus clientes (El cabello era la parte del cuerpo femenino que las mujeres judías ocultaban celosamente). Y esta mujer, probablemente prostituta, no sólo exhibe sus cabellos sino que los utiliza para secar los pies de Jesús después de haberlos perfumando y, con su boca, no deja de besarlos; “los cubría de besos: el beso en los pies era el signo que se reservaba para honrar a  alguien que le había salvado la vida.
Y Jesús, ¿no reacciona? ¿Cómo es posible? Dejarse solamente rozar por una de aquellas mujeres volvía al hombre “impuro” y le incapacitaba para su relación con Dios ¿Cómo es que Jesús no se aparta de aquella mujer? ¿Por qué no la reprende? Las caricias de esta mujer escandalizan a Simón y a los comensales. Regar los pies con sus lágrimas, enjugarlos con el cabello, besarlos y ungirlos cariñosamente, son gestos íntimos, propios de una esposa a su marido o incluso, de una prostituta a sus clientes. Jesús se deja hacer. Esto supone aceptar una intimidad personal muy grande.
Para el fariseo Simón está claro que Jesús no es un profeta. “Si este fuera profeta”…piensa en su interior. Esta es la reacción del fariseo.  Si  éste fuera hombre de Dios se negaría a este trato íntimo con una pecadora,  sería consciente  de contraer impurezas e incapacitarse para relacionarse con Dios.
Simón, tengo algo que decirte”. Jesús tomando la palabra interpela con su mismo nombre a su anfitrión y le pide cortésmente permiso para decirle algo. La respuesta del fariseo es afirmativa y Jesús intenta, con una pequeña parábola, que Simón se abra a una visión nueva y comienza la parábola: “Un prestamista tenía dos deudores… ¿Quién de ellos lo amará más”? “Supongo que aquél a quien perdonó más…respondió Simón. Y Jesús concluye: Te digo: que son perdonados sus muchos pecados porque ha amado mucho”. Sencillamente porque el verdadero pecado es la ausencia del amor.
Jesús volviéndose a la mujer le dice: “Tus pecados están perdonados…tu fe te ha salvado, vete en paz”. El perdón es la plenitud del amor. “Tu fe te ha salvado”. Es como si le dijera también: Ningún pecado te puede separar de Aquel que te ama. Resulta maravilloso que Jesús ve vida allí donde otros ven pecado: Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia. El Señor ve nuestro corazón.
Es increíble con qué infinita ternura y comprensión mira Jesús a esta mujer.       Nosotros necesitamos aprender a mirar a los otros, especialmente a los que consideramos proscritos, a los indeseables, a los marginados, a los humanamente fracasados, como Jesús los miraba… Necesitamos aprender la mirada nueva de Jesús que ve el corazón… Que sepamos ofrecerles un futuro de esperanza a aquellos que se sienten discriminados  por cualquier causa.
Hoy es para escuchar, en lo profundo de nosotros mismos, las mismas palabras que Jesús dirigió a esta mujer: “Tus pecados están personas…tu fe te ha salvado, vete en paz”.
Que también hoy, nos dejemos alcanzar por el amor y el perdón de Dios que se nos manifiesta en el rostro dulce y compasivo de  Jesús.  Que podamos decirle: Jesús, humilde y compasivo, danos un corazón como el tuyo. Que aprendamos tu mirada de amor y de ternura sobre todo ser humano.

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