Buenas Nuevas

“Naín…”

p7tonySalinasAl encuentro de  la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
“Naín…”
(Lc 7,11-17 – X Domingo del Tiempo Ordinario)
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com
El maravilloso conjunto de Palabra de Dios que la Iglesia nos ofrece, en este domingo, nos invita en primer lugar, a una lectura curiosa, es decir, a descubrir el paralelismo entre el Evangelio de Lucas de hoy y el texto de la primera lectura del Primer Libro de los Reyes (17,17.21-22). Y, en segundo lugar, a buscar su profundo contenido. En cuanto al paralelismo podemos señalar que el profeta Elías para devolver a la viuda el hijo muerto debe dirigirse al único que puede devolver la vida, Dios: “Señor, Dios mío, vuelve el alma del niño a su cuerpo” (1Re 17,21). El profeta es simplemente un mediador, un intercesor, que lleno de fe suplica al que puede ayudarle. Distinta es cambio, la actitud de Jesús, que al joven hijo de la viuda de Naín, le dice con poder y fuerza: “Joven, yo te lo digo: ¡Levántate!” (Lc 7,14).
¿Cuál es el mensaje que Dios mismo nos quiere dar a partir del paralelismo? ¿Cuál su contenido para que acreciente nuestra fe? Jesús está como lo vemos, en el centro del relato y del suceso de dolor que le envuelve, Él entra a la ciudad y de ella sacan a un hijo de una viuda, para sepultarlo. Tal parece señalar que Jesús viene al encuentro del dolor de sus hermanos, quiere no esquivar sus muchas y duras angustias. Pues, éste es el mensaje preferido por Lucas, la misericordia que envuelve las entrañas mismas del Hijo de Dios, hecho hombre.
Con Él como bien termina diciendo el texto: “Dios ha visitado a su pueblo” (v.16). La presencia central de Jesús en el acontecimiento, no radica en ser “un profeta”, como lo exclama la gente. Él es la Palabra encarnada de Dios, Palabra que fue principio de vida desde la creación del mundo y ahora, por esta maravillosa Encarnación, es la Palabra definitiva y poderosa que trae salvación y vida.
Dios en Él está visitando a su pueblo, como lo cantó Zacarías: “Bendito sea el Señor de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo” (Lc 1,68). Y, en esta visita lo hace como Hermano de sus hermanos, no es la visita imperial del Dios trascendente y Señor de todo, sino real y fraternalmente humana. Residiendo en Dios la vida por excelencia, Cristo, pasando en medio de nuestra carne mortal, injerta el germen de la vida, “visitando” con su encarnación nuestra humanidad herida a muerte por el pecado, arrancándonos así amorosamente, de esos lazos profundos de la muerte, a la realidad imperativa donde reina la vida.
“Naín”, fue y será siempre el lugar de un anuncio de vida, del amor y la compasión que brotan del Corazón humano y divino del Hijo del Padre, que siempre está diciendo: “¡No llores!” Él en verdad, puede ayudar a vencer todo miedo a la muerte, como situación límite que amenaza a todo hombre que viene a este mundo, arrebatándole sus sueños y esperanzas, convirtiéndole por ende, en un vivir producto del encuentro con la nada.
Jesús en medio de nosotros, nos asegura la vida, así cumple las palabras del salmista: “Tú no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu amigo fiel baje a la tumba. Me enseñarás el camino de la vida, plenitud de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha” (Sal 16,10-11).

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