Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

El fruto bendito

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El fruto bendito
AmorisLaetitia/7
Diac. Carlos Eduardo  
carloseduardiacono@gmail.com
Los católicos, los ortodoxos, los coptos, muchos anglicanos, algunos luteranos y otros cristianos repetimos con frecuencia las palabras de Isabel a su prima Santa María: “Bendito sea el fruto de tu vientre”(Lc 1, 42). Estas palabras estaban dedicadas a Jesús, en el vientre de su madre. Pero, meditándolo bien, pueden ser aplicadas a cualquier niño que se forma en el seno materno, esperando nacer. Porque todos y cada uno de nosotros somos un milagro particular y todos, en sano juicio, sabemos y afirmamos que la vida es sagrada.
Tanto los que creemos en un Dios Creador, con un maravilloso plan de vida, como quienes nunca han creído en Él o han decidido eliminarlo de sus conciencias o extirparlo de sus vidas, nos extasiamos  en el proceso extraordinario que convierte un óvulo fecundado en un ser humano. El vientre de la madre es ese receptáculo que anida una nueva vida, la protege, la alimenta, le transmite desde el primer instante una herencia.
En el vientre de su madre el  hijo está en el lugar más resguardado y favorable que se pueda imaginar. Por eso resulta una desconsoladora paradoja que se llegue hasta él, en este recinto sagrado, para quitarle la vida con total impunidad y con la complicidad de la propia madre, que se creía era su baluarte o fortaleza.
Al hablarnos del matrimonio, el Papa Francisco nos recuerda sus dos finalidades extraordinarias e interrelacionadas: complementación mutua, realización plena de la pareja que se ama, y la fecundidad de un amor abierto a la vida. Hasta el lenguaje puede volverse incoherente cuando hay que “cuidarse con el sexo seguro, como si un hijo fuera un enemigo del que protegerse”.
Por el contrario, cuando entendemos que los hijos son la plenitud de la familia, “los hijos son amados antes de que lleguen, antes de haber hecho nada para merecerlo”.Los padres sueñan a su hijo que está en camino y comprenden que el hijo no es un derecho sino un don. Y nos resuenan las palabras de la Escritura: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del vientre materno, te consagré”(Jr 1, 5).  Y también: “Aunque tu madre se olvidara de ti, yo jamás te olvidaré” (Is 49, 15).
Recuerdo cuando en la secundaria llevábamos clases de Historia Universal, con un magnífico profesor español apellidado Vara.  Acostumbrados como estábamos entonces a un respeto no discutido a la vida humana, nos escandalizaba saber que los romanos despeñaban a sus hijos desde la roca Tarpeya, cuando tenían algún defecto o simplemente por indeseados. Y en edad universitaria me pareció una crueldad que el gobierno chino prohibiera a las parejas tener más de un hijo y facilitara su exterminio. Como me parece intolerable que los organismos internacionales avalen, propicien y promuevan toda clase de legislaciones abortistas, como si de ellas dependiese la paz mundial.
¿Qué le pasa a esta generación?  En una nación donde la casi totalidad de la población declara y defiende su adhesión a Jesucristo y a su Evangelio, ¿a dónde fueron a parar sus principios y valores cristianos?Si eres legislador o legisladora, no la tienes fácil: conocemos las presiones internas y externas. Pero vamos a orar por ti, para que Dios ilumine tu conciencia y te decidas a actuar conforme a sus dictados. Y para que escuches la voz agradecida de los hijos que ya tienes y el clamor suplicante de los que no tienes aún, y que sólo esperan tu sí,  para llegar a ser.

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