Punto de Vista Reflexión

Virtuoso como pocos

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Virtuoso como pocos
P. Juan Ángel López Padilla
Hace algunos días, disfruté una plática con varios hermanos que hemos desarrollado el curso de “Causa de los Santos”, en los institutos pontificios acreditados para ello. Es que para que a uno lo declaren santo, la cosa no es tan fácil como sencillamente suponer que se es, porque uno sea buena gente o porque “no mata ni una mosca”.
Esto de ser declarado santo, porque la vocación para ello la tenemos desde el día de nuestro bautismo, no tanto un asunto de algún milagro en particular, ni mucho menos: se trata de vivir de manera heroica, las cuatro virtudes cardinales y las tres teologales.
Refresquemos un poco la memoria de todos, porque en esto de formar en la virtud, pareciera que casi se trata de un curso de ingeniería cuántica nuclear avanzada. Lo cual, dicho sea de paso, es tremendamente lamentable.
La virtud es en palabras llanas, es decir sin tantas sobreesdrújulas, un hábito bueno. Es que hacer el bien una vez, puede resultar a veces casi hasta “chiripa” y las acciones producto de la casualidad o de un impulso poco constante no son dignas de ser consideradas virtuosas. El santo es un virtuoso por excelencia. Se atreve, a pesar de las contrariedades de la vida, a mantener el paso firme y decidido, a no dejar de hacer el bien.
Las virtudes cardinales, aunque originadas en la escuela del idealismo griego, pronto adquirieron carta de ciudadanía en el entorno cristiano porque daban sentido de perfección. Una virtud, entendida posteriormente en el mismo mundo griego como el equilibrio entre los extremos, fue fácilmente asimilable para el planteamiento de un cristianismo que pretendía ser exigente consigo mismo y que quería dialogar con un mundo que, aunque plasmado de fantasías, era de por sí increyente. Es así que las virtudes cardinales resultaron ser: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.
La excelencia, que en griego se dice areté, (de ahí la palabra aristocracia, el gobierno de los excelentes); sirvió para plantearle al ciudadano un plan que apuntase a la perfección y no a la mediocridad. Por cierto que, cuando en nuestros ambientes hablan de que gobierna una clase aristocrática, me permito dudarlo inmensamente.
La excelencia es la virtuosidad. Ser excelente, ser perfecto es saber vivir las virtudes de manera heroica. Eso es ser santo.
En mi vida he conocido muchas personas buenas, e incluso algunas muy buenas. Sin embargo, he conocido muy pocos a los que podría llamar excelentes.
Todos estos excepcionales, virtuosos, santos, los he conocido del mundo de la Iglesia. Conozco muy buenos, de otros campos, pero no excelentes.
De entre aquellos excepcionales a quiénes hago referencia debo señalar a mi hermano Danilo Aceituno, del cual recientemente hemos celebrado su “cabo de año”, como dirían las viejitas y le ruego disculpen mi atrevimiento porque he desviado por completo mi reflexión de las últimas semanas, pero, si no hay quién en este mundo pueda ser señalado como santo: ¿Qué sentido tiene seguir bregando?
Danilo tenía la virtud de la sonrisa, más allá de las otras siete, aunque no me cabe duda que las virtudes teologales las poseía y las difundía de manera extraordinaria. Ruego a Dios que nuestra Iglesia hondureña produzca más “Danilos” que nos enseñen a vivir la virtud y marquen el paso de un recuerdo que no se agota con cuatro flores sobre una tumba.

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