Buenas Nuevas

“Todo lo que tiene el Padre es mío”

p12tonyAl encuentro de la Palabra… según San Juan para la Lectio Divina
“Todo lo que tiene el Padre es mío”
Jn 16,12-15 – Santísima Trinidad
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com
¿Para qué celebrar un domingo a la Santísima Trinidad, si la celebramos todos los días? Desde la escucha de la liturgia de la Palabra de esta solemnidad, podemos comprender del por qué la Iglesia nos la regala como fiesta, que es para re-proponernos toda la realidad divina contenida en su Trinidad. Desde siempre Dios se ha expresado en su Palabra y amaba esa Expresión en un flujo de vida intercomunicante. Ya en la creación, su Espíritu se movía entre las aguas, daba vida con su aliento a todo lo creado y se derramaba después en reyes, jueces, profetas y pueblo. Su Palabra no sólo es el medio creador  (“Dios dijo… y fueron creados”). Se encarna en los profetas y hombres inspirados, en quienes se hace activa realidad, presencia y expresión de lo divino para los hombres. Esa Palabra se encarnará, en identificación plena, con Cristo, Palabra del Padre.
Esa sabiduría creadora de la que habla la primera lectura de hoy (Prov 8,22-31), en la tradición cristiana ha sido considerada como símbolo de Cristo, “Por medio del cual todo ha sido hecho y sin el cual nada ha sido hecho de todo lo que existe” (Jn 1,3).
Así considerando lo anterior, podemos comprender que en el santo Evangelio escuchamos la quinta promesa de la que emerge una vez más la relación que hay entre el Espíritu Santo y el Padre y el Hijo. El Padre ha comunicado al Hijo todo cuanto tiene, es decir, su vida y su verdad. Cristo nos ha comunicado esa vida y esa verdad, pero el misterio infinito de Dios exige para nuestras pequeñas mentes una revelación que se dilate en el tiempo y en el espacio. El Evangelio de hoy, es pues, trinitario, en su mismo comunicarse, porque tiene su origen en el Padre, es proclamado por el Hijo y es interpretado en plenitud por el Espíritu.
Cristo pues, en estas palabras del evangelio de hoy, pronunciadas la última noche de su vida terrena trazó idealmente ese triángulo simbólico con el que a menudo se representa la Trinidad. En alto el Padre que entrega al Hijo Jesucristo “todo lo que tiene”; de Cristo he aquí el Espíritu que está presente en la Iglesia para “llevar a la verdad completa”.
Comprendiendo el misterio de la Trinidad, es posee una relación de encuentro y comunicación, podemos acercarnos a ese rostro inalcanzable de Dios como Creador, Redentor y Santificador.
“Gloria al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo: a Dios que es, que era y que viene”, cantemos hoy, tal como lo anuncian las palabras de apertura del Apocalipsis (1,8), y actualicemos el contenido doctrinario de esta solemnidad con las palabras de san Atanasio: “La Trinidad, reconocida en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es santa y perfecta; no contiene nada ajeno ni añadido, ni consta de creador y de cosa alguna creada, sino que se halla dotada, en su totalidad, de capacidad creadora, eficaz: su naturaleza es idéntica  a sí misma e individual, y su eficiencia y a su acción son únicas”. En conclusión, ante nosotros en esta liturgia se nos despliega el mural de la vida íntima de Dios. Ciertamente no vemos nada. Es normal. Dios es cegador. Sin embargo, sabemos algo definitivo: Dios es amor. No es solitario. Vive en compañía, en comunión divina.

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