Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Amor conyugal

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Amor conyugal
AmorisLaetitia/6
Diac. Carlos Eduardo  
carloseduardiacono@gmail.com
Los cónyuges deben amarse, no por obligación jurídica –así lo manda nuestra legislación- sino por una opción libre, generosa y cristiana. El Papa Francisco se los recuerda, utilizando para ello nada menos que las características del verdadero amor del “himno de la caridad” que escribió San Pablo, movido por el Espíritu (1 Co 13).
Primero dice cómo es (o debe ser) ese amor. Es paciente, o como decimos entre nosotros, no es arrebatado, aguarda los momentos oportunos para decir y para actuar, da chance. Es servicial, cada uno pendiente del otro para darle una mano, en lugar de apoltronarse y esperar ser atendido por el otro, sin reciprocidad alguna.
Luego indica cómo no es (o no debe ser). No tiene envidia, o sea que no siente ni tristeza ni celos por el bien del otro.No hace alarde ni es arrogante, como son todos los que abren continuamente la boca para presumir, para decirle lo mucho que es o ha hecho uno, para que se sienta más pequeño, para “ningunearlo”;  no tiene una actitud invasora, sino que renueva continuamente su confianza y su respeto y |crea continuamente nuevos lazos, nuevos modos de relacionarse. No busca su propio interés, que es todo lo contrario del desprendimiento propio del amor verdadero, como el amor de madre. No se irrita, pues aunque es natural sentir a veces enojo, no se deja llevar por él, trata de superarlo, como aconseja el mismo San Pablo: “Si se indignan, no lleguen a pecar: que la puesta del sol no los encuentre todavía enojados” (Ef 4, 26). No lleva cuentas del mal, pues se deteriora mucho la relación conyugal cuando uno de ellos (¡y peor si los dos!) lleva como el apunte de los defectos, errores o culpas del otro, es decir, es rencoroso y termina convencido que no hay en él o en ella casi nada bueno, sobredimensionando hasta las faltas más pequeñas. No se alegra con la injusticia, que es la actitud mezquina de quien se alegra secretamente de los fracasos ajenos o de que otras personas le nieguen a su pareja lo que en derecho le corresponde.
Y luego se vuelve al enfoque positivo, indicando cómo es (o debe ser) ese amor. Se alegra con la verdad, se regocija cuando otros reconocen los valores, los méritos, los talentos y valores de su pareja; celebra cuando triunfa o le va bien. Todo lo disculpa, actitud generosa que imita la misericordia del Padre; no se trata de “hacerse el loco”, cerrar los ojos a los errores o a la maldad, sino comprender la debilidad ajena recordando la propia y perdonar, como esperamos que Dios nos perdone. Todo lo cree, no por ser crédulo o bobalicón, sino por otorgar confianza al otro; se renuncia a controlarlo, se le da libertad, se le deja respirar, es alegría y seguridad mutua. Todo lo espera, porque a pesar de los defectos del objeto de sus amores, la virtud de la esperanza –que es teologal, es decir, tiene carácter divino-  se espera que el otro o la otra cambie, mejore, sea capaz de superarse y se le ayuda a ella, esperando, con cristiana fe, que puedan llegar juntos a brillar como hijos de Dios por toda una eternidad. Todo lo soporta, no por un heroísmo tonto, un sacrificio perenne o una desviación masoquista; el Papa utiliza palabras del Martin Luther King “…cuando ves en él la imagen de Dios, empiezas a amarlo a pesar de todo”, éste es el verdadero motivo para no dejarse vencer por la tormenta, para luchar por el amor pese a las crisis.

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