Homilia

Homilía del Domingo 8 de Mayo de 2016

p3homiliaHomilía del Señor Arzobispo para la Fiesta de la Ascensión del señor
“Ustedes son testigos de todo esto…” (Lc. 24, 43-56)
Esta es la invitación  de Jesús  Resucitado a sus discípulos antes de  su Ascensión al cielo…  Todos nosotros estamos llamados a ser  testigos de Jesús Resucitado en  nuestro mundo. Pero no un testimonio  sólo de  palabra, sino con nuestra  vida; testigos de amor y de vida.  Ya no se nos pide hablar mucho, sino transparentar la Vida…. Que podamos decir  que Dios es amor amando; que podamos decir  que Dios es misericordia compadeciendo y perdonando; que podamos decir  que Dios es gozo, viviendo en la alegría y en la esperanza; que digamos  que Dios es comunión compartiendo nuestra vida con los demás.
“Mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo al cielo”.   La Ascensión del Señor al cielo es una narración mitológica que expresa la culminación de la vida de Jesús. Es “una forma literaria” de expresar la Resurrección de Jesús que en estos días estamos celebrando llenos de alegría. La Ascensión no es más que un aspecto del misterio pascual. Jesús participa de la misma Vida de Dios y por lo tanto, está en lo más alto del “cielo”.  El “cielo”  no es un lugar, sino una manera de estar, otra manera de ser. El cielo está donde se vive y cuando se vive en amor. El cielo es experimentar la presencia del amor de Dios en nuestra vida.
Ciertamente, el cielo no es un lugar hacia el que vamos después de morir, sino el disfrute pleno del amor y de la vida que se está gestando ya en el interior de nuestro mundo y en el de cada ser humano; el cielo es la plenitud de este mundo, la realización plena en Dios,  de todas las posibilidades de amor,  de paz, libertad y felicidad que todo ser humano lleva dentro.  Cada vez que en la tierra hacemos la experiencia del bien, de la felicidad, de la amistad, de la paz y del amor, ya estamos viviendo, de forma precaria pero real,  la realidad del cielo. Por eso, lo que se opone a la esperanza cristiana no es solamente la incredulidad y el ateísmo, sino también la tristeza, el desamor, el pesimismo y la desesperanza ante la vida.
La fiesta de la Ascensión, que hoy celebramos,  significa que nuestro final está en Dios, no en la nada. El final de “este Hombre” Jesús, no fue la muerte sino la Vida. Significa  que nuestro horizonte es  Dios. Significa también,  la sed de Trascendencia de todo ser humano que se realiza plenamente en Jesús Resucitado. Es pues, una fiesta de esperanza: el futuro del ser humano y el futuro del mundo está en Dios. Podrán ir mal las cosas, la política, la economía, las  situaciones personales, la institución de la Iglesia, pero la Vida será siempre más fuerte que todo lo que amenaza y dificulta nuestra vida. Estamos invitados a terminar nuestra vida en Dios. Podemos afrontar el futuro con esperanza. De ahí que no estamos de acuerdo con la afirmación de Heidegger que dice que el hombre es “un ser para la muerte”; podemos decir más bien,  que el  hombre es “un ser para la vida”.
La fiesta de la Ascensión del Señor  nos abre a todos el camino de la esperanza.  La esperanza cristiana no es la actitud que conduce a desentendernos de los problemas del presente y de despreocuparnos de los sufrimientos de este mundo.
Precisamente porque creemos  y esperamos en  un mundo nuevo y definitivo, no nos   conformarnos  con esta sociedad nuestra llena de odio, lágrimas, sangre, injusticia, mentira y violencia. Quien no trabaja por liberar al ser humano del sufrimiento, no cree en un mundo nuevo y feliz. Quien no hace nada por cambiar y transformar nuestra tierra,  no cree en el cielo.
El Evangelio de este Domingo termina diciendo: “se volvieron a Jerusalén con alegría”. La alegría es una de las principales características de los discípulos de Jesús. La tristeza, el derrotismo, la amargura, se oponen a la esperanza cristiana. En la entraña del mensaje de Jesús está  presente la alegría.  En esta fiesta de la Ascensión del Señor podemos  volvernos de corazón a El para decirle: “Señor, gracias a tu muerte y resurrección, todo   ser humano tiene entrada en la vida plena, en la  alegría  sin fin: Concédenos renovar nuestra esperanza.”

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