Buenas Nuevas

“…Se volvieron a Jerusalén…”

p7encuentroAl encuentro de la Palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
“…Se volvieron a Jerusalén…”
(Lc 24,50-53 – Domingo de Ascensión)
Hoy con san Lucas llegamos al centro de su Evangelio: todo el itinerario de Jesús y del discípulo que camina con Él por los caminos del mundo tiene esa meta ideal colocada sobre el monte más alto de Jerusalén, el de los Olivos. Versículos señalados a lo largo de este evangelio lo afirman: “Mientras estaban por cumplirse los días de su ascensión, Jesús se dirigió decididamente hacia Jerusalén” (9,51). En la transfiguración el diálogo de Jesús con Moisés y Elías: “Hablaban de la partida (literalmente ‘éxodo’) que Jesús cumpliría en Jerusalén” (9,31).
Los detalles narrados en este breve relato de su ascensión, señala el final de esta primera obra de Lucas, luego enfatiza un final triunfal y pascual de la vida terrena del Maestro. Él como un sumo sacerdote, levanta las manos y bendice su Iglesia. Y delante de Él toda la comunidad creyente se pone en actitud litúrgica de adoración, de alabanza y de fiesta.
En el trasfondo de este definitivo acontecimiento en la vida de Jesús, están los variados textos citados por el Antiguo Testamento. Henoc “camina con Dios y no se vio más porque Dios lo había llevado” al cielo (Gn 5,24) y Elías que sube al cielo sobre un carro de fuego (2Re2). En los Salmos procesionales del arca de la Alianza celebran al Señor rey que “sube entre aclamaciones al son de la trompeta, para sentarse en su trono santo” (Sal 47,6.9). Todos textos que prefiguran el destino final del Resucitado entronizado definitivamente en los cielos.
Un texto que nos ayuda comprender lo acontecido y narrado por los Evangelios, es la Carta a los Hebreos 10,19-23. Esta Carta que en verdad es una hermosa homilía de la primitiva comunidad cristiana, presenta a través de una imagen, la del templo dicha ascensión. Jesús es el auténtico y definitivo templo celestial, sustituyendo al templo terreno de Jerusalén. Según el ritual judío, en el área más agrada del mismo, el Santo de los Santos, podía entrar solamente el sumo sacerdote  y una sola vez al año, durante la solemnidad del Yonkippur, es decir, de la expiación con la sangre de las víctimas. Con Cristo y con su sangre derramada sobre la cruz se abre a todos la posibilidad de entrar en el santuario celestial en donde se celebra el encuentro perfecto con Dios. Él ha entrado de una vez y para siempre a los cielos, para que nosotros su cuerpo, no tengamos que pasar atrios y naves, levantar el velo de púrpura que cubría el Santo de los santos del templo jerosolimitano, no tenemos que hacer rituales de purificación; ahora se abre ante nosotros un camino “viviente”, el velo es la “carne” de Cristo que oculta en su interior el misterio de Dios.
Una vez que lo vieron partir y ocultarse a sus ojos, “Ellos se volvieron a Jerusalén…”, la misión de todos los cristianos es volver a la Jerusalén del mundo, para proclamar que Jesús es el Señor. En su Ascensión fue exaltado, pero como señala San Agustín, “sigue padeciendo en la tierra todos los trabajos que nosotros, que somos sus miembros, experimentamos. Mientras Él está allí, sigue estando con nosotros; y nosotros, mientras estamos aquí, podemos estar ya con Él allí”.

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