Punto de Vista Reflexión

La Maternidad de Dios

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La Maternidad de Dios
P. Juan Ángel López Padilla
Lógicamente no pretendo ser irrespetuoso de la Tradición de la Iglesia y de la Palabra de Dios escrita,  que identifica más fácilmente la idea de la paternidad de Dios; y, mucho menos, pretendo caer en esas locuras de algunas sectas o de alguna pseudoespiritualidad que presentando una concepción fantasiosa, hablan de una “diosa” que Cristo mismo había revelado. Cada loco con su tema, pero hay locuras que se salen del tema.
Cuando recorremos la Biblia descubrimos que las imágenes que se nos presenta y que luego Jesús va a desarrollar con sus gestos y con sus palabras, nos presenta a un Dios que tiene actitudes maternas: amamanta, sostiene en los brazos, besa, recuesta, etc.
De hecho esa cercanía y esos cuidados de Dios, son el reflejo de una mentalidad que atraviesa todo los textos sagrados: la misericordia de Dios, tiene sabor a amor de madre.
En estos días celebramos el día de la Madre y yo quisiera darle vuelta al repetido estribillo del Himno a la madre de don Rafael Coello Ramos; porque no cabe duda que el valor profundo del amor, es lo que necesitamos, en esta convulsionada sociedad nuestra.
“En el nombre de madre…”: el nombre en la tradición bíblica indica siempre a la persona misma. La palabra madre existe como un concepto que se plasma en la realidad cuando le ponemos un nombre concreto, cuando lleva el nombre de nuestras propias mamás o el de aquellas que han hechos las veces de ellas. Son millones de personas que han sido sus abuelas, sus tías o sus hermanas, las que han hecho de madres y por eso el concepto no es biológico.
“…se encierra la más alta expresión del amor”: aquí es donde la poesía se me vuelve muy problemática, porque la expresión más alta de amor es la cruz, es el amor de Cristo por mí, por cada uno, con nombre y apellido. ¿Cómo mantener el equilibrio entonces en esta expresión? La única respuesta que se me viene a la mente es aquella de: “Junto a la Cruz de Jesús, estaba su madre.” El amor humano tiene, en esa fidelidad la mayor prueba, la mejor muestra.
“Porque no puede haber en la tierra una imagen más clara de Dios”: es decir, aunque todos somos creados a imagen y semejanza de Dios, es evidente que distorsionamos con nuestros pecados, con nuestras infidelidades, esa impronta que significa el amor de Dios por nosotros.
La imagen de Dios ha sido profundamente mancillada en nuestros ambientes. Necesitamos volver a recuperar la pureza de ese reflejo, y nada mejor que comenzar por el papel de las madres. Son ellas las responsables, junto a sus esposos, de velar porque en sus hijos se experimente este amor. Hay que dejar de lado ese sentimentalismo barato que perfuma todo pero se compromete poco. Mucho bien nos haría a todos pensar si con lo que hacemos, honramos a nuestras madres, a nuestros padres. Si honrásemos a quienes tanto han dado por nosotros, con toda seguridad no habría tanta violencia y tanta criminalidad. Honrar a nuestras madres nos obliga a actuar, según conciencia.

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