Punto de Vista Reflexión

Lo que dignifica al hombre

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Lo que dignifica al hombre
P. Juan Ángel López Padilla
A lo largo de los siglos, producto de una pésima lectura del Génesis, se interpretó que el trabajo era un castigo producto del pecado. Mala interpretación y desconocimiento del lenguaje bíblico, dañó la concepción legítima y equilibrada del trabajo.
En primer lugar,  hay que hacer una inmensa diferencia entre trabajo y empleo. El empleo es una situación en la cual, por algún tipo de contrato y con normas claras, objetivas, una persona se vincula a un espacio donde, en base a sus facultades, aporta para obtener una remuneración que le es otorgada, en base al contrato mismo. En nuestra tierra el empleo es increíblemente escaso. Sobre todo porque, en los últimos meses, por la criminal acción de los que cobran el mal llamado “impuesto de guerra”, se han debido cerrar miles de fuentes de empleo. Las cifras no son alarmantes sino, espeluznantes. Mientras tanto como por arte de magia, se desaparecieron en el “híper uranio” miles de expedientes policiales y la sociedad se rasga las vestiduras por un par de agentes que decidieron “jugar a darse besos”, deshonrando el uniforme; porque de inclinaciones aquí no hablo porque después tildan a la Iglesia de retrógrada y homofóbica.
Si a todo esto le sumamos la situación provocada por la inseguridad jurídica, por el reacomodo de las reglas del juego de los organismos recaudadores de impuestos y por la inoperancia de los órganos contralores; nos damos cuenta que estamos ante un panorama tan sombrío que no podemos callar. El tema no es que, si se deben pagar o no los impuestos. Por demás está decir que está justificado, moralmente, que los ciudadanos debemos contribuir al bienestar de nuestra sociedad y un medio es el pago de los impuestos. Pero, y aquí el pero es del tamaño del Pacífico, las tasas tributarias deben ser justas y equilibradas, y manejadas de manera transparente. Cuando cualquier hijo de pueblo, puede palpar que se está “sangrando” de mil maneras a la gente, pero las trasfusiones siempre terminan en los bolsillos de unos pocos, claro que la situación es como para revolver en la tumba a cualquiera. Sobre todo a los que han perdido la vida porque sus impuestos no “alcanzaron” para pagar las medicinas en un hospital o porque sencillamente se murió de hambre, cuando no se atravesó la cabeza con algún proyectil revestido no de plomo, sino de desesperación.
Muchos marcharán en estos días para exigir sus derechos laborales y es correcto que lo hagan cuando se hace en el marco del respeto y cuando sus reclamos no son ideologizados.. El derecho está para el empleado y para el que se ha preparado para serlo, para quién quiere tener lo suficiente para sostenerse y sostener a los suyos.
Ahora bien, trabajar no es un asunto de estar empleados. El trabajo ni es una condena, ni mucho menos una opción,trabajar es un deber, no un derecho.
Por eso, el primer trabajo que debe tener una sociedad y que es un deber innegociable, es procurar que su población económicamente activa, esté activando, no sólo los fines de semana en un parque, sino de manera que pueda con la frente en alto, llegar de manera segura a su casa cada día con la satisfacción de estar cumpliendo con su responsabilidad para con su Dios, su patria y con su familia.

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