Buenas Nuevas

“…Guardará mi Palabra”

p7encuentroAl encuentro de la Palabra… según San Juan para la Lectio Divina
“…Guardará mi Palabra”
(Jn 14,23-29 – VI Domingo de Pascua)
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com
El maravilloso tiempo de Pascua se ha visto enriquecido con las más bellas palabras brotadas del propio corazón de Cristo, quien desea dejar una presencia real con su mensaje a manera de “llama de fuego” en los corazones de quienes deberán ser parte viva de su Iglesia. Como bien lo señala el relato del evangelio de este día, la comunidad de los creyentes está ligada profundamente por dos grandes valores, los del amor y los de la fe. La raíz de estos dones es exquisitamente trinitaria.
Vivir la vida pascual para la comunidad humana de discípulos del Resucitado, deberá en efecto, crecer en caridad, que nace y se alimenta por la presencia del Padre y del Hijo en el corazón de los fieles. La fe, en cambio, es sostenida sobre todo por el Espíritu Santo, cuya función es precisamente la de “enseñar” y “recordar” todo el mensaje de Jesús. Como ya hemos, señalado en otras oportunidades, en el lenguaje de Juan el “recordar” es un verbo con un sentido técnico; está indicando la interpretación profunda de la Palabra de Jesús a la luz de la Pascua. El Espíritu hace comprender todas las dimensiones, nos hace descubrir toda la fuerza y la eficacia de las palabras evangélicas. Este pasaje nos ofrece pues, el retrato de una vida eclesial que está ligada “verticalmente” a Dios en la fe y “horizontalmente” a los hermanos en el amor. Pero en el nudo de estos dos hilos está siempre Dios, con su presencia en Cristo y en el Espíritu.
Dios es en verdad amor y de ese amor divino participamos todos y cada uno de quienes hemos escuchado su voz. Pero ese amor, es más que un sentimiento, es un amor que nos hace vencer lo más difícil: las propias convicciones. Así se abren los primeros apóstoles a la comprensión de aquellos que tienen otros modos y costumbres, incluso en el terreno más íntimo e irrenunciable: el religioso. Superando el estrecho límite de los propios puntos de vista conseguiremos ensanchar el horizonte de nuestra visión. Es el camino de la fe, que consiste en renunciar a nuestra visión inmediata y empalmar así con el horizonte de Dios. El intento de comprender al otro es fruto del amor y es el camino de la fe.
La Pascua, pues, nos deja como fruto la plena comunión con Dios y con los hermanos, ésta es la meta última del camino de la Iglesia. Las distancias desaparecen, se da paso al intimidad con el Dios verdadero y a la fraternidad con los hermanos. Por eso la visión del libro del Apocalipsis de este domingo habla de una Jerusalén en donde ya no es necesario el templo material, porque Cristo mismo es el templo de carne y los redimidos que la habitan son “el templo espiritual de Dios, templo de piedras vivas”, como escribe san Pedro (2,21). La comunión entre Dios y el hombre será ya perfecta y la Iglesia se transformará entonces en el reino de los cielos envuelto por la luz y por el amor pleno de Dios.

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