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El sinsentido del sufrimiento

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El sinsentido del sufrimiento
Jóse Nelsón Durón V.
Duele nacer; duele crecer, sobrevivir y, por supuesto, morir. Ya lo dice san Francisco, el pobrecillode Asís: «el dolor es nuestro hermano». Un hermano mayor y maestro que alecciona y prepara, que ayuda a crecer y que excita a cambiar, mejorar y hasta evolucionar. Sin el dolor la vida para y lo que se inmoviliza envejece y fenece. El dolor es connatural con nuestras limitaciones y carencias, acicate evolutivo y anticipo del sufrimiento. Robert Spaemann sostiene que se comienza a sufrir cuando nuestros dolores han llegado a un límite, cuando ya no tenemos solución, cuando todo pierde sentido; porque usualmente el dolor tiene una explicación, un propósito: nos da hambre para que busquemos qué comer, de lo contrario, nuestro cuerpo perderá fuerza y puede llegar a morir; o sentimos dolores que son solo síntomas reveladores de algo más grave y que, a los ojos educados de los médicos, permiten prever males mayores. Adolecer tiene sentido. Sufrires sinsentido.
Hoy viene esto como anillo al dedo para preguntarnos por el sinsentido del sufrimiento de tantos compatriotas que viven desolados, desamparados; agotados por la ineficacia de los sueños que los egoístas les meten a fuerza de estrujar sus esperanzas; imposibilitados de luchar ante las vejaciones de su dignidad; esclavizados a la inutilidad por una sórdida sociedad indiferente, que solo atina a decir “no es problema mío”; minusválidos de comprensión y, peor todavía, esclavizados por la dureza de corazones compañeros y hasta familiares; deficientes en amor del prójimo y condenados a la ineptitud por la fría y supuesta cristiandad de la piedra incrustada donde supuestamente debería encontrarse un corazón hermano. Y para que este párrafo, grito de un iluso golpeador de teclas, no se pierda en el olvido, volvamos nuestra conciencia hacia el hermano, víctima de nuestra indolencia, en la oficina, el colegio, el hogar, barrio, país y camino; porque cada uno de ellos es el mismo Cristo que pasa, sobrevive y sufre, en un caminar que tuvo la desdicha de acompasar al nuestro.
Emulando la palabra de Dios que escuchamos este sexto domingo de Pascua en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, como un eco del sagrado depósito de la fe y del ministerio que a la Iglesia ha sido encargado desde aquel Concilio de Jerusalén hace dos mil años, y como un reclamo milenario de la misma Iglesia, aún sin estar autorizados para ello, vamos a atrevernos a escribir: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables: que no se contaminen con la idolatría de la veleidad, riqueza, poder, sexualidad y fama;  que no exhiban por allí sus lujos, fastos, frivolidades, gulas y poderes que sacrifican día a día al diablo, frente a sus hermanos que sufren las necesidades más urgentes; y que se abstengan de la fornicación con la fuerza de sus riquezas y de sus peores instintos. Sobrepónganse al primigenio asombro de sentirse diferente y deseoso de ser mejor y más poderoso que los demás, desde que el sentirse irrepetible les llenó de egoísmo. Entréguense al Reino de Dios, donde la armonía y el amor hermano prevalecen, en la certeza de la igualdad sembrada por el nobilísimo Padre que les ama sin restricciones y sin límites. Que la caridad y la misericordia sean su pan de cada día, para que porten el sello imborrable de los bienaventurados. Así sea.

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