Buenas Nuevas

“Hijos míos…”

p12tonyAl encuentro de la Palabra… según San Juan para la Lectio Divina
“Hijos míos…” (Jn 13,31-33a.34-35 – V Domingo de Pascua)
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com
Con un saludo cariñoso de profundo vínculo de amor, Jesús se prepara para manifestarle a sus discípulos, a quienes quiere como a hijos, el anuncio de su partida y a manera de testamento un nuevo mandamiento. Ésta es la única vez en el evangelio de Juan, que Jesús les llama así. Es una expresión frecuente en los discursos de despedida (Gn 49,2; 1Cr 28,9; Tob 3,11; 1Mc 2,50, Tob 3,11; 1Mac 2,50), pero en este caso refleja más bien la costumbre existente en oriente, y especialmente en el pueblo judío, de que los maestros llamen “hijos” a sus discípulos, y estos a su vez los llaman “padre”.
Los vv. 34-35 constituyen un paréntesis que interrumpe el argumento anterior. El término ‘mandamiento’ (entolè) aparece ochos veces en la boca de Jesús: cuatro veces referido al mandamiento que Él recibió del Padre y otras cuatro al mandamiento que Él da a los discípulos. Este dar el mandamiento a su discípulos significa que les deposita en ellos el amor que Él recibe del Padre (15,9) y los capacita para que amen de la misma manera que Él ama: “como yo los he amado”. La conjunción ‘como’, además del sentido de comparación, tiene un matiz de causalidad ‘porque’: “porque yo los he amado”. Si Él ha dado la vida por todos, también los creyentes deben dar la vida por los hermanos (1Jn 3,16). Jesús no es sólo el ejemplo de amor para los cristianos, sino la fuente de donde viene el amor que se origina en el Padre.
En cuanto al adjetivo del mandamiento como ‘nuevo’ (kainè), no refiere en ningún momento una sustitución del mandamiento dado ya en el Antiguo Testamento (Lv 19,18b), la novedad consiste en que este mandamiento tiene características totalmente inéditas, porque no es un precepto impuesto “desde afuera”, sino del “don” de amor que viene desde el Padre, que se ha manifestado en la entrega de Cristo (el amor hasta el fin 13,1), y finalmente es dado a los creyentes para que puedan vivir y amar como vive y ama Jesucristo. “En esto hemos conocido el amor: en que Él entregó su vida por nosotros. Por eso, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos” (1Jn 3,16); “Dios nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados… si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4,10-11).
El precepto abarca varias partes. La primera es recibir. Hay que recibir para poder dar. Aquí está la fuerza del “como” Jesús. No es una mera ejemplaridad, va más allá. El amor de Jesús recibido y acogido engendra don, engendra amor, da vida. Es, por tanto, la aceptación de la donación de Jesús lo que capacita al creyente para la propia donación a los demás. En segundo lugar es una fórmula de fe, porque creer es acoger la vida de Jesús que Él da libremente por los hombres. Y, finalmente, la tercera parte implica una entregar como cristianos la propia vida, porque vivir es hacer la vida de Jesús en nosotros. No se puede creer sin amar al hermano, por quien hay que dar a ejemplo de Jesús, la propia vida.

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